AVA-ASAJA denuncia la entrada masiva de patata vieja importada mientras arranca la campaña valenciana y reclama a la distribución que priorice el producto de proximidad

La patata nueva valenciana busca hueco en el mercado frente a las importaciones de Francia y Egipto

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Los agricultores de la huerta valenciana han iniciado ya la campaña de recolección de la patata nueva, uno de los productos más emblemáticos de la agricultura de proximidad en la Comunitat Valenciana. Sin embargo, el comienzo de la temporada está marcado por la preocupación y la incertidumbre entre los productores, que denuncian las dificultades para comercializar sus cosechas debido a la saturación del mercado con patatas viejas importadas, principalmente desde Francia y terceros países como Egipto.

La Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA) ha alertado de que muchos operadores comerciales, cadenas de distribución y fruterías continúan apostando por producto almacenado durante meses en cámaras frigoríficas antes que por la patata valenciana recién recolectada. Una situación que, según la organización agraria, perjudica gravemente a los agricultores locales y pone en riesgo la rentabilidad de una campaña ya complicada por el aumento de costes y la reducción de producción.

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Desde la organización reclaman una mayor implicación de todos los eslabones de la cadena alimentaria para priorizar el producto de proximidad y garantizar la viabilidad económica de los cultivos tradicionales de la Huerta de Valencia. Consideran que apostar por la patata valenciana no solo beneficia a los productores, sino también al consumidor y al propio territorio.

“La patata valenciana llega fresca del campo, tiene mayor calidad y ofrece todas las garantías de seguridad alimentaria y sostenibilidad”, defienden desde AVA-ASAJA. Además, recuerdan que el mantenimiento de estos cultivos resulta fundamental para preservar el paisaje agrícola de la huerta valenciana, un entorno histórico y cultural que durante décadas ha caracterizado el área metropolitana de Valencia.

Una de las agricultoras afectadas por esta situación es Rosa Gil, productora de patatas en el municipio valenciano de Picanya. Según explica, los agricultores viven con frustración el hecho de que muchos operadores sigan prefiriendo patatas importadas y almacenadas durante largos periodos de tiempo frente al producto local recién cosechado.

Gil asegura que la situación resulta difícil de comprender, especialmente en un momento en el que el consumidor valora cada vez más la cercanía, el sabor y la calidad de los alimentos frescos. “No tiene sentido que se priorice una patata vieja llegada desde miles de kilómetros cuando aquí estamos recolectando un producto fresco y recién salido de la tierra”, lamenta.

La campaña de este año, además, se adelantó respecto a ejercicios anteriores. Las labores agrícolas comenzaron antes de las lluvias de invierno y los productores ya están entregando cajas y palets a los mercados mayoristas. Sin embargo, la entrada de producto importado y almacenado está dificultando la salida comercial de la nueva cosecha valenciana.

La situación preocupa especialmente porque el sector atraviesa uno de sus momentos más delicados de los últimos años. El responsable de la sectorial de hortalizas de AVA-ASAJA, Vicent José Sebastià, advierte de que la producción de esta campaña será inferior debido a las precipitaciones registradas durante los últimos meses y a las dificultades derivadas de la falta de herramientas fitosanitarias eficaces.

Nueva patata valenciana

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A ello se suma el incremento constante de los costes de producción, que continúa reduciendo los márgenes de rentabilidad de las explotaciones agrícolas. El encarecimiento de la energía, los fertilizantes, el agua, los tratamientos y la maquinaria agrícola se combina además con la creciente dificultad para encontrar mano de obra especializada para las campañas de recolección.

Sebastià denuncia que, pese al aumento de gastos, los precios que reciben los agricultores apenas han evolucionado en las últimas décadas. En muchos casos, afirma, las cotizaciones siguen siendo similares a las de hace veinte o treinta años, mientras los costes se han disparado. “Hay agricultores que ni siquiera consiguen vender la producción, algo especialmente grave cuando hablamos de un producto fresco y recién recolectado como la nueva patata valenciana”, señala.

La organización agraria considera que el problema no afecta únicamente a la patata. Otras producciones hortícolas valencianas también atraviesan dificultades comerciales importantes. Entre ellas destacan la alcachofa, la lechuga y especialmente la cebolla, cuya campaña es calificada por AVA-ASAJA como “desastrosa”.

En el caso de la cebolla, los agricultores denuncian precios ruinosos y una competencia exterior que impide cubrir los costes de producción. La situación está provocando un creciente malestar en el sector, que reclama medidas concretas para proteger la agricultura local frente a las importaciones procedentes de países con condiciones productivas y normativas muy diferentes.

AVA-ASAJA insiste en que existe una contradicción entre los discursos institucionales sobre sostenibilidad, protección de la huerta y apoyo al producto de proximidad y las dinámicas comerciales que terminan favoreciendo la entrada masiva de alimentos importados. Según la organización, si realmente se quiere preservar la Huerta de Valencia y garantizar su futuro, resulta imprescindible asegurar la rentabilidad de quienes la trabajan.

La huerta valenciana constituye uno de los espacios agrícolas más emblemáticos del Mediterráneo y desempeña un papel fundamental tanto desde el punto de vista económico como medioambiental y cultural. Además de abastecer de productos frescos a los mercados locales, contribuye a mantener un paisaje histórico y una actividad agraria tradicional que forma parte de la identidad valenciana.

Sin embargo, el progresivo abandono de explotaciones agrícolas y la pérdida de rentabilidad amenazan desde hace años la continuidad de muchos cultivos tradicionales. Los agricultores advierten de que, sin precios justos y sin una apuesta clara por el producto local, cada vez resultará más difícil mantener la actividad agraria en la huerta.

La organización agraria subraya también las diferencias existentes entre las exigencias que deben cumplir los productores europeos y las condiciones aplicadas a muchos productos importados. Los agricultores denuncian que en terceros países se utilizan materias activas fitosanitarias prohibidas en la Unión Europea o se aplican normativas laborales y medioambientales menos estrictas, lo que genera una competencia que consideran desleal.

En este contexto, AVA-ASAJA reclama una mayor concienciación por parte de consumidores, cadenas de supermercados y operadores comerciales. La organización defiende que apostar por productos locales y de temporada no solo ayuda a sostener la agricultura valenciana, sino que también reduce la huella de carbono derivada del transporte internacional de mercancías y garantiza alimentos más frescos.

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Los agricultores consideran además que el consumidor cada vez presta más atención al origen de los alimentos y a la calidad de los productos frescos. Por ello, creen que la nueva patata valenciana cuenta con un importante valor diferencial frente a las importaciones almacenadas durante meses.

Mientras la campaña avanza, los productores continúan trabajando con la esperanza de que el mercado termine respondiendo al esfuerzo realizado durante todo el año. Pero el sector advierte de que, si no se adoptan medidas para reforzar la posición de la agricultura local, muchas explotaciones podrían verse abocadas al abandono.

AVA-ASAJA insiste en que proteger la Huerta de Valencia no puede limitarse únicamente a declaraciones institucionales o proyectos urbanísticos de conservación paisajística. A su juicio, la verdadera defensa del territorio pasa necesariamente por garantizar que quienes cultivan la tierra puedan vivir dignamente de su trabajo.

La nueva campaña de la patata valenciana se convierte así en un reflejo de los desafíos que afronta el conjunto del sector hortícola: competencia exterior, aumento de costes, falta de rentabilidad y necesidad de adaptar el mercado a un consumidor que demanda cada vez más productos sostenibles, frescos y de proximidad



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