Reflexionando estos días de verano sobre la importancia y a la vez la dificultad de dinamizar los ecosistemas empresariales para alcanzar mayores metas, me he tropezado con la teoría del arroz y me he animado a escribir sobre el que puede ser el origen antropológico de nuestro genético individualismo castellano. Los castellanos somos individualistas a título personal y también empresarial. Es complicadísimo lograr dinamizar grupos empresariales que vean las ventajas del trabajo colaborativo y el culpable puede ser el cultivo de trigo, uno de los principales recursos del sector primario castellano.

Para contextualizar la reflexión: Todos estamos de acuerdo con el proverbio que dice si quieres llegar rápido ve solo, pero si quieres llegar lejos, ve acompañado pero ¿Cuántos de nosotros verdaderamente lo practicamos? Por poner un caso que conozco de primera mano: En el I Estudio del Sector Agroalimentario abulense una de las principales conclusiones fue que el 98% de las empresas tiene un tamaño inferior a 10 empleados ¡¡¡El 98%!!! Este mismo estudio reflejaba que 8 de cada 10 empresarios encuestados entendían que la cooperación era necesaria para crecer pero solo 4 de cada 10, ponía en marcha alguna actividad “colaborativa con empresas del sector ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no cooperamos si entendemos que es una poderosa herramienta de crecimiento y competitividad?

En 2014 la revista Science publicó la teoría del arroz donde Thomas Talhelm, autor principal del estudio, basándose en estudios antropológicos aseguraba que las diferentes formas de pensar de los pueblos están justificadas por un pasado agrario diferente en cada zona del mundo. Nuestros antepasados y su forma de cultivar la tierra, han configurado las comunidades de hoy en día. Los datos obtenidos en su estudio sugieren que el legado de la primitiva agricultura continúa afectando a las diferentes culturas del mundo moderno. En occidente somos herederos de una visión individualista de la sociedad a diferencia de las sociedades orientales que tienen una mentalidad más cercana al colectivismo y en general una visión más holística de la vida. El cultivo del trigo frente al cultivo del arroz nos hace más individualistas.

Mientras que el cultivo del arroz es un proyecto colectivo, empezando por la dificultosa irrigación de los terrenos que requiere, los agricultores que producen trigo, pueden ser más independientes entre sí. Para el cultivo del arroz los canales son construidos por pueblos enteros y el consumo de agua de una familia afecta al vecino. En el cultivo del arroz la necesidad de trabajo es al menos el doble de la que requiere el trigo, y por eso las familias tienen que ayudarse para cosechar. La cooperación es económicamente muy útil en el cultivo del arroz. Las relaciones se basan en la necesidad mutua y se evitan por tanto los comportamientos que generan conflicto. Por el contrario, los productores de trigo sólo necesitan la lluvia y pueden ocuparse mucho más de sus propios campos, sin depender tanto de los vecinos.

Mucho más cercanos a nuestra realidad patria, sin duda estarán de acuerdo con esta teoría los responsables del conocido como “Milagro de Almería”: el ecosistema Cajamar y los miles de cooperativistas que han conseguido revertir el destino de un territorio yermo gracias a la cooperación en investigación, producción y comercialización de sus cosechas. Al igual que en la teoría del arroz, todo parte de una mejor y más eficiente gestión del agua. No puede ser casualidad.

Llegados a este punto, en Castilla poco podemos hacer con nuestro pasado individualista. La teoría del arroz puede explicarnos como nuestro cerebro reptiliano nos ha condicionado para no cooperar hasta ahora pero como seres sociales y evolucionados tendremos que cooperar para sobrevivir. 

Si bien nuestra cultura no ha favorecido una sociedad colectivista, todos somos conscientes de que el mundo está cambiando rápidamente. Los objetivos del desarrollo sostenible nos ponen de manifiesto la necesidad de mirar más por el bien común ( más nosotros ) abandonando posturas puramente individualistas ( menos yo ).  Un mundo nuevo necesita mapas nuevos para descubrirse y la cooperación puede ser uno de esos mapas que siempre han estado ahí para guiarnos pensando qué si no podemos ganar tamaño rápidamente con nuestros propios medios, en la unión con otros tenemos una oportunidad de futuro.

La tasa de mortalidad de los proyectos empresariales de autoempleo y de microempresas es elevadísima mientras que los índices de productividad y competitividad resultan mucho más elevados en las empresas grandes y medianas frente a las pequeñas y microempresas. Los ecosistemas colaborativos son el perfecto caldo de cultivo para alcanzar tamaño y competitividad entre tanto nuestras estrategias de crecimiento individual siguen su curso.

 

Isabel López, Directora General Santa Teresa

 

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