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Con motivo de la reciente celebración del Día Internacional de la Mujer Rural, el gabinete técnico de CCOO de Industria ha elaborado un informe sobre la situación de las trabajadoras en el sector agropecuario español. Ese estudio revela que según la EPA del segundo trimestre de 2019, la población ocupada en el sector agrario asciende en estos momentos a 872.683 personas, lo que supone el 4,4% de la ocupación total española. De este colectivo, tan solo el 24,8% son mujeres (216.402), lo que confirma la disminución paulatina de la presencia de la mujer entre la población laboral de sector. Como consecuencia de este proceso, esta tasa de feminización está muy por debajo de la que presenta la población ocupada española, entre la que el 45,7% son mujeres.

Hay que recordar que uno de los rasgos diferenciales de la población laboral agropecuaria no solo se da en cuanto al porcentaje que representan las mujeres entre la población ocupada, sino también en la evolución que ha tenido dicho porcentaje desde la eclosión de la crisis.

Así, en 2008 la tasa de feminización era el 28,9%, en tanto que entre la población laboral española era del 42%, se acrecienta la diferencia de la tasa de feminización entre ambas poblaciones.

Es patente que la mujer viene siendo expulsada de la actividad agraria y está siendo sustituida por hombres, puesto que el número de ocupados en el agro en 2019 es de 13.197 hombres más que en 2008, mientras que en el caso de las mujeres, su número en 2019 es de 45.469 menos que en 2008.

Entre 2008 y 2019 (según la EPA correspondientes a los segundos trimestres), fueron expulsadas del sector agropecuario casi 45.500 mujeres, es decir, un volumen equivalente al 17% de las que trabajaban en el sector en 2008. Por el contrario, fueron incorporados en torno a 13.200 hombres (un 2%), lo que no ha podido compensar la salida de mujeres, resultando una reducción del empleo total del 3,6%, resultando 32.272 personas menos que en 2008.

Estos resultados del agro difieren notablemente de la evolución que ha seguido el total de la población laboral española, entre la que el empleo femenino ha crecido un 4% (357.900 mujeres más) en el mismo período, aunque no ha sido suficiente para compensar la destrucción de empleo masculino acontecido: el número de hombres ocupados es de 1.200.000 menos de los que había en 2008 (un 10% menos), ello ha apalancado el crecimiento de la tasa de feminización en el mercado de trabajo español.

También hay que recordar que la presencia de la mujer en el sector difiere según el subsector específico de actividad que tomemos como referencia. Así, destacan, por una presencia muy superior a la que se observa en el agregado, las actividades de Producción ganadera, Actividades de apoyo agropecuaria y en la de Procesado y manipulado de frutas y verduras.

En su distribución por subsectores, la ocupación femenina no difiere en exceso de la que presenta la población total del sector. Así, en torno al 60% de las mujeres del sector trabajan en la actividad de Cultivos, sean perennes o no. En torno al 20% lo hacen en la producción ganadera y el 10% en el procesado y manipulado de fruta y verdura. En el resto de actividades se ocupan porcentajes inferiores al 5% en todos los casos.

En la salida de trabajadores del sector ha sido crucial la evolución del empleo femenino en las actividades ganaderas, puesto que de 2008 a 2019 salieron casi 19.000 mujeres de esta actividad.

En cuanto a la formación adquirida por las trabajadoras del sector, el 67% de estas mujeres cuentan, a lo sumo, con la primera etapa de secundaria, en tanto que en la población laboral femenina española dicho porcentaje es del 26,7%. Por el contrario, en el agro, tan solo el 17% cuenta con formación superior (bien universitaria o el máximo nivel de FP). El colectivo del campo presenta así una distribución completamente invertida respecto a la que presenta la población ocupada española, en la que las mujeres con formación superior representan casi el 50% del total y los niveles más primarios van perdiendo peso relativo.

En cuanto a la diferencia por género, el nivel formativo de la mujer del campo es superior al que presentan sus compañeros hombres, en los que los niveles más bajos corresponden a casi el 69% de los hombres y tan solo el 13% aporta niveles de estudios superiores (contando universitarios y graduados en FP superior).

La precariedad también es más acusada en el caso de la mujer que trabaja en el sector agropecuario. En cualquier caso, la temporalidad entre la población asalariada del sector es inaudita, ya que disponiendo de modalidad contractual para cubrir actividades discontinuadas propias de la estacionalidad que presenta el sector, el recurso más frecuente es la contratación temporal, siendo este el carácter del contrato del 54% de la población asalariada, más que duplica el 26,3% que se da entre la fuerza de trabajo en el conjunto de la economía española.

Sin embargo, en el caso de la mujer que trabaja en el sector agropecuario, la precariedad es más acusada pues afecta al 57,2% de las asalariadas.

Otro de los factores que determina unas condiciones de trabajo precarias es la insuficiencia de la jornada laboral a tiempo parcial cuando no se trabaja en estas condiciones de forma voluntaria. El incremento del desempleo y las difíciles condiciones a las que se ha enfrentado la fuerza de trabajo española han hecho que los índices de percepción de insuficiencia de jornada hayan disminuido desde 2008, en los que alcanzaban el 82% entre las mujeres del campo a jornada parcial (64% en el caso general). Según la EPA del II Tre. de 2019, esta disconformidad afecta al 71% de las mujeres del sector (56% general).

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