Alejandro García

Hablar del auge de la literatura de lo rural, de las historias contadas desde o sobre esa España vacía o vaciada -que uno no acaba de decantarse- no es precisamente descubrir nada nuevo. Podríamos pensar que el autor de este libro, Emilio Barco, se ha subido a ese carro de la vuelta a lo tradicional. Pero estaríamos muy equivocados. Porque este libro contiene artículos de prensa, pequeños retazos y relatos que arrancan a finales de los ochenta del pasado siglo y que llegan hasta nuestros días.

Una treintena de años han pasado y ya vislumbramos los temas que se ponen en boga hoy en día: la despoblación, la crisis del campo, los problemas del pequeño campesino frente a los mandatos de Europa. Emilio Barco se aproxima a las historias con cierta cautela, como quien quiere aprender de algo que no le es del todo ajeno. Las labores del campo, que desde la urbe creemos sencillas, no lo son tanto. Hay que estar sobre la tierra, hay que mirar al cielo cada día; esperar que llueva, pero no mucho; esquivar pedriscos, plagas y algo que de repente nadie puede prevenir: los designios de Europa y el avance de la tecnología e ingeniería agraria.

En el libro se relatan todos estos problemas; se nos cuenta la vida en el campo, cómo es una vendimia, la resistencia a desdeñar el cultivo de siempre, a diversificar o a dejar la tierra lleca, porque mamá Europa paga a quien así lo hace. Y todo narrado con una curiosa mezcla de artículos más técnicos o de opinión, con relatos dialogados y en los que apenas se nos cuenta una anécdota, una cosa mínima, de la que podemos extraer una pincelada de costumbrismo y lenguaje popular.

El ámbito local al que se circunscribe el libro es básicamente el del autor: las tierras de Alcanadre, las tierras fértiles junto al río Ebro, donde las viñas que alumbran el famoso vino de Rioja van impregnando todo el campo, quedándose la huerta arrinconada a los esfuerzos de unos pocos.

Muchas historias están llenas de vida. La influencia de John Berger cuando hablaba de los resistentes campesinos franceses, se nos presenta en la primera parte del libro. Puerca tierra es el reflejo de la vida de esos campesinos y aquí Emilio Barco también nos presenta figuras resistentes, viejos campesinos que no quieren cambiar el cultivo de toda la vida, gentes que ante el lento derrumbe de la vida rural, se parapetan en su memoria y en sus costumbres para defender la tierra y la relación que tienen con ella desde niños.

El apartado de todo lo que rodea al vino es el que ocupa una de las partes más importantes del libro. La vendimia y los vendimiadores, la venta del papel (la compra fraudulenta de uvas y de derechos de plantación), los tejemanejes de los ajustes con las cuadrillas. Miradas técnicas, opiniones bien formadas, análisis de una situación que, vista en perspectiva, se ha cumplido casi en su totalidad. Al lector le gustará paladear las palabras que se usan; ese cunacho que va y viene hacia el remolque es un término que apenas conocemos los urbanitas.

Se narran un montón de anécdotas, de curiosidades sobre el campo y sus moradores. El escritor, desde su atalaya académica, reivindica la otra escuela, la de pastores y labriegos, la figura mítica del pastor del Gorbea, un ser capaz de predecir la meteorología fijándose en las témporas, los animales o el viento. Casi analfabeto, su sabiduría la aprendió en la calle, no en la escuela. Y se guarda los secretos como si fueran oro.

La parte final del libro se dedica a la huerta. El autor se confiesa hortelano por vocación y defiende este tipo de cultivos frente al empuje de las viñas. Las tierras del Ebro, famosas por los productos hortícolas, van perdiendo espacio y lo gana el motor de una industria, la vitivinícola, con la que los pocos jóvenes que quedan en el pueblo pueden subsistir y alimentar a la familia.

En definitiva, como es un libro fragmentario y lleno de pequeñas historias, sería muy difícil ir citando una por una. La lectura es amena, se puede ir haciendo sin un orden marcado, porque al final, aunque se trate de dar una cierta estructura formal, los temas se van entretejiendo. Uno se imagina sentado en la plaza de un pueblo, sobre un poyo de granito, junto a varios vecinos y vecinas. La conversación, como sucede en este libro, irá fluyendo y se pasará de un tema a otro, aunque siempre subyace un leitmotiv común: la lenta pérdida de una forma de vida, el ocaso de la vida rural frente al auge de las ciudades.

Para terminar, me gustaría citar a la editorial que está haciendo una labor impagable por acercarnos la literatura de lo rural. Se trata de la riojana Pepitas de calabaza, donde uno ya se había asomado a las obras de Paco Cerdà, Susan Fenimore Cooper, Elvira Valgañón o Marc Badal y que calladamente, o no tanto, están construyendo un catálogo de gran heterodoxia, donde encontrar libros de muy variados temas, pero editados con mimo y donde se aprecia el gusto por la buena literatura, el ensayo y las curiosidades.

ALEJANDRO GARCÍA SAN JOSÉ (@giantripi)

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