
El anuncio de Donald Trump de establecer aranceles a la importación de productos, entre ellos agrícolas, no tiene que ser necesariamente una mala noticia para el campo español. Puede, incluso, ser una oportunidad para un sector agobiado por la competencia desleal. Veamos.
Como en todo lo que hace referencia a la reelección del presidente Trump, el ruido del árbol nos impide ver el bosque. Con insultos, chascarrillos, informaciones sesgadas y opiniones unidireccionales es complicado hacerse una idea real del nuevo escenario en que se van a desenvolver los Estados Unidos y, por ende, la política internacional. De entrada, los aranceles, como toda medida económica de izquierdas, no son buenos, por supuesto; por eso llama tanto la atención, a quien no viva cegado, que estos impuestos, que tanto defiende la izquierda, y muy especialmente en España, sean demonizados por el mero hecho de que los proponga el candidato contra el que hemos militado expresamente.
Lo que sucede es que los aranceles, de origen proteccionista y teóricamente opuestos a la libre competencia, en el sector que nos ocupa, el campo, vienen precisamente a garantizar que podamos competir, que nuestros agricultores y ganaderos no sea vean invadidos por productos sin coste en origen y con ninguna traba en su desembarco en un mundo, el libre, el occidental, en el que sí existen costes de producción, entre ellos, salarios dignos e impuestos más o menos lógicos.
Como es sabido, el principal objetivo de los aranceles es, sin duda, frenar a China, un país capitalista en lo económico y comunista en lo político, es decir, la ecuación perfecta para el empresario, en este caso el Estado, en el que no se respetan los derechos humanos y, por tanto, los laborales. Ello permite que lleguen hasta nosotros productos, algunos incluso de calidad, a un coste impensable para nuestros empresarios, sean éstos del sector primario o secundario. Traslademos este escenario a la agricultura y vayámonos al Magreb, o a Hispanoamérica. Imposible, también, competir con frutas, verduras y hortalizas que se importan a un precio ridículo. O cerramos fronteras, que parece que no es la solución, o aplicamos medidas.
Al final, lo que logran los aranceles, sean de Trump, sean de Estados Unidos, es hacer el trabajo sucio a una cada vez más incompetente Unión Europea que, lejos de defender a sus socios, se ha convertido en una burda sucursal de Rabat o de Trípoli.
Y, en medio de este proceso, aparece por los despachos de las instituciones la CEOE de Castilla y León, esa especie de receptáculo sindicalizado de subvenciones, que se ha apresurado a pedir a los empresarios que piensen en diversificar mercados. Igual lo que hay que diversificar es a la propia asociación y repensar su existencia, aunque la alternativa no sean, ni mucho menos, las Cámaras. Dios nos libre.
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