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Publicado por Jesús Molpecere...

Para un urbanita de nacimiento es difícil entender en toda su extensión los verdaderos entresijos de la sociedad rural. Todo estaba organizado, para bien o para mal. Las fuerzas vivas del municipio estaban formadas por el Alcalde a la cabeza (a menudo, aunque no en todos los casos, el cacique), el médico, el secretario, el maestro, el cura y, si lo había, el representante de la Guardia Civil. Nada se dejaba al azar. Todo el mundo sabía, con mayor o menor fortuna en la distribución, cuál era su misión y su sitio.

Una serie de infraestructuras aseguraban el mantenimiento y estatus de las personan eminentes, aunque no siempre bien remuneradas, en ese puzle sociológico. Entre ellas y con marchamo de imprescindible  estaba la casa del médico. Cómo no iba a tener asegurada su morada una figura tan necesaria e importante del municipio. Eran casas pequeñas y sencillas y no tenían grandes prestaciones más allá que una buena gloria de leña que permitiesen a sus inquilinos un confort al alcance de no todos los vecinos. Igual ocurría con el maestro o con el secretario. Del cura y de las fuerzas del orden ya se ocupaban sus respectivas organizaciones. Es una obviedad decir que estos profesionales tenían la obligación de vivir en los pueblos a los que servían.

Ahora todo esto parece un episodio más de la España en blanco y negro, lo que se está denominando como la España vacía, y no seré yo quien abogue por su restablecimiento más allá de la añoranza que me reservo para mis momentos de nostalgia.

Hoy en día, lejos de tener que dar casa a los profesionales que trabajan en los municipios más pequeños y ante la imposibilidad legal de obligarles a residir en su lugar de trabajo, hay que primarles e incentivarles económicamente como si de un castigo o destierro se tratase.

La Junta de Castilla y León ofrece ¡SEIS MIL EURAZOS! de paga extraordinaria a los médicos por el tremendo esfuerzo de  tener que soportar a los habitantes de un pueblo pequeño. ¡Qué sufrimiento! Es inadmisible que en una España con decenas de miles de facultativos en paro, haya que primar a algunos para ir a trabajar. Así nos va.

Es un desaire más de quienes no valoran, en la misma medida, a los habitantes del mundo rural con respecto a los del mundo urbano. Pero también es un escarnio público, por parte de la Administración que no se merecen nuestros pueblos.

No por reiterado se acostumbra uno a tanto desprecio. Mi pena es que esta vez ha venido de un colectivo del que yo, al menos, esperaba algo más. De la Administración simplemente ya no espero nada.

Propongo que la lista de facultativos que, ahora sí y con más dinero por delante, quieran rebajarse a atender a los pocos y cansados habitantes de la España rural sea pública. Quiero saber quién ha tenido que ser incentivado (por no utilizar calificativos más gruesos) para aceptar tan indigno destino.

¿Qué pensaran los profesionales que se trasladan a países sin recursos a ejerce, de forma prácticamente altruista, su verdadera vocación de galenos?

Pues es lo que hay, a cuidarse tocan… o a desempolvar el recetario de remedios de la abuela. Está claro que si no nos cuidamos nosotros, nadie (al menos gratis) lo hará. Un saludo.

 

Comentarios

¡¡Cuánta y santa razón!!, amigo Jesús. Qué vergüenza tener que asistir a esa política de subsidiar y crear estómagos agradecidos y qué humillación y castigo absolutamente inmerecido para los habitantes del mundo rural, de los pueblos, a quien tanto debemos en lo cultural, en lo social y en lo económico.

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