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Publicado por Jesús Molpecere...

Y ella sola se murió. Una vez más el sabio refranero español viene al auxilio de quienes queremos referirnos a la muy arraigada costumbre de lanzar la piedra y esconder la mano.

Debo confesar que sentí vergüenza cuando, tras un larguísimo y destructivo confinamiento, en otros países europeos clamaban por la desescalada para abrir las escuelas, las universidades, los muesos y las bibliotecas mientras en el nuestro lloriqueábamos desesperados porque, al fin, pudieran abrir los bares.

Puedo entender y asumo mi parte de aquiescencia, que nuestra forma de ser y de vivir lleva implícita, esa generosidad a la hora de la relación social desmedida y de la diversión y no estoy dispuesto a renunciar a ello siempre que no suponga una radicalización de nuestro modo de vida. Lo malo es que, para algunos, esta forma de entender la vida se ha convertido en el eje central de su comportamiento y no parece importarles mucho los perjuicios que, a veces, comporta para los demás.

Después de meses de sacrificio, nos dejaron salir, por fin… de bares. Algunos declinaron tan discutido honor. Otros, los más, hicieron un uso responsable y solidario para esas miles de familias que viven de ello. Y otros, los menos, abusaron de esta circunstancia sin prever ninguna de las consecuencias que esto acarrearía. Al final, como casi siempre que se desmadra una situación, la actuación de una minoría irresponsable ha derivado, una vez más, en escarmiento para todos.

Nadie pensó en aquellas familias y  aquellos trabajadores que se afanan, diariamente, por servirles y tenerles atendidos mientras ellos se divierten. Nadie quiso ver cómo su actitud irresponsable e insolidaria les iba encaminando al centro de la diana donde, tarde o temprano, acertarían los dardos de la prohibición.

Ahora tenemos todos los bares y restaurantes cerrados. Ahora hemos dado la puntilla a muchos negocios que han invertido mucho dinero, mucho esfuerzo y mucha de la poca ilusión que les quedaba para que unos pocos inconscientes lo hayan dilapidado en pocos meses.

En los núcleos urbanos o de mayor tamaño, donde existen cientos o miles de negocios de restauración y ocio esto será, sin duda, dramático. Pero, ¿alguien ha pensado en los pequeños municipios donde solo existe un bar, centro cultural, teleclub o como lo queramos denominar?  ¿Alguien puede siquiera imaginar lo que a esos pocos vecinos de la España Abandonada, que lo de vaciada ya no cuela, les va a suponer que, posiblemente, el único local de reunión social que les quedaba, tenga que echar la persiana de forma definitiva?

Como siempre, y vuelvo a solicitar el auxilio del pródigo refranero, a perro flaco… Esto es lo que hay, algunos decidieron abusar de la libertad y consiguieron, no solo cercenarla para el resto, sino arruinar a quienes solo querían, qué ironía, vivir de su trabajo.

Brindo por ellos, por los autónomos a los que no se les permite trabajar, por los asalariados que tendrán que mendigar ayudas y nuevos puestos de trabajo. Pero brindo sin vino, sin cerveza, sin esperanza. Solo levanto la copa de mi corazón para decirles que ellos no son los culpables. Que ellos solo han cumplido con su obligación pese a que muchos quieran demonizarles ahora sin piedad.

Y a esos pequeños locales rurales que son el pilar fundamental de la vida y las relaciones sociales de sus municipios, les doy incondicionalmente mi apoyo e insto, con toda le vehemencia de que soy capaz, a las instituciones para que, cuando todo esto termine, tengan la altura de miras suficiente como para restablecer el statu quo inicial y devolver a la gente de bien al lugar que les corresponde. Y a todos esos mamarrachos que con su irresponsabilidad y egoísmo han generado esta tragedia, ¡Que les den! Un saludo.

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