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Publicado por Jesús Molpecere...

Prefiero quedarme en la orilla viendo pasar el río que nadar a favor de la corriente. Me asusta la incertidumbre de saber hacia qué lugares desconocidos me llevará o de si seré capaz, en algún momento, de volver a nadar hacia donde yo realmente quiero ir.

Estos días, si no eres eco, si tu coche no es eléctrico, si tu vida no es cero emisiones, e incluso, en defensa de las pobres vacas, si has comido alubias o garbanzos, más te vale quedarte en casa y esperar a que amaine este ecotemporal que nos azota.

A base de padecer, de forma reincidente, este bombardeo ecológico y ecologista, representado por una niña con cara de enfado permanente, nos hemos contagiado, casi sin poder evitarlo, de esta fuerte corriente que nos arrastra sin saber muy bien hasta dónde nos permitirá volver a navegar con timón propio.

Y no es que yo no sea consciente de que tenemos que hacer algo a favor de nuestro medio natural, ¡ni mucho menos!. Lo que no estoy dispuesto es a tragar con todo, solo porque alguien ha decidido hacer caja de la desgraciada situación medioambiental que, entre todos, hemos propiciado pero de la que unos pocos han sacado verdadero provecho.

Cada vez que hay una alarma social, en el sentido que sea, damos un bandazo hacia el lado contrario sin analizar, primero si la emergencia lo era realmente y segundo si las consecuencias del cambio lo amainarán o, como tantas veces, lo empeorarán.

Ahora toca ser eco. Ahora hay que minimizar la huella medioambiental. Ahora debemos solucionar, de un plumazo, la contaminación generada durante décadas y décadas de existencia. Pues vale, me parece bien, pero ¿alguien sin intereses económicos en el tema ha pensado realmente cuales son los pasos a dar?

Cualquiera que tenga a bien pasearse por el campo español podrá comprobar la proliferación de campos solares. En una carrera frenética por acaparar terreno, se ha desatado la locura en el sector por ver quién es capaz de colocar más espejos en nuestro otrora modus vivendi.

Emulando la burbuja inmobiliaria de tan infausto recuerdo para todos, se afanan en insuflar aire comprimido en una nueva burbuja medioambiental sin prever siquiera una pequeña válvula de escape de seguridad. Los precios de las rentas y ventas agrarias han saltado por los aires como un chupinazo de principios de fiesta. El campo, nuestro campo, se está llenando de hierros, placas, zapatas, cables y vallados todos bajo el auspicio de una pretendida producción de energía “limpia”. Ya es la segunda vez que esto ocurre. La primera solo hace apenas una década y generó más penurias, ruinas, desahucios y corruptelas que energía.

Yo me pregunto si alguien ha calibrado qué pasará con el rastrojo de hierro y cemento que esta nueva y prometedora cosecha de sol dejará tras de sí.

Solo espero que el sector agroganadero tenga la capacidad de saber cuándo tirarse al agua y nadar de forma segura y controlada, sin dejarse arrastrar por cantos de sirena que ya, por desgracia, sabemos cómo terminan. Un saludo.

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