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Publicado por Jesús Molpecere...

Es curioso ver cómo una determinada circunstancia es capaz de cambiar, en apenas un suspiro, la vida de las personas. Cuando las cosas funcionan por sí mismas y la rutina camufla el trabajo y el esfuerzo de muchos, parece que no se valora nada y que todo es como debe ser. Pero ¡ay de nosotros! si, de repente, algo deja de funcionar o simplemente nos invade la duda de si lo seguirá haciendo. Entonces se encienden todas las alarmas y afloran sentimientos de frustración y esperanza a partes iguales.

Hasta hace un coronavirus (y perdón por la aparente frivolidad), los agricultores y ganaderos  eran profesionales silenciosos que simplemente se dedicaban a producir alimentos como si se tratase de una actividad encubierta más cerca de la obligación que de la necesidad de rentabilizar su actividad.

Pero el punto de inflexión ha surgido, precisamente, cuando el sector estaba ya decidido a no aguantar más ante tanta indiferencia social y económica. Un bichejo microscópico y asqueroso, con apariencia de ser extraterrestre, ha acaparado todo el foco de atención, no solo mediático sino también social. 

No voy a hacer más mención a este tremendo problema por absoluto respeto a quienes lo están (o estamos, quién sabe) padeciendo y las tremendas consecuencias que sin duda nos va a acarrear. Mi más absoluta solidaridad y disponibilidad en este momento en el que debemos aparcar nuestras estúpidas diferencias humanas (las biológicas ya vemos que no existen) y remar todos en la dirección que las autoridades nos fijen.

Lo que sí que quiero poner de manifiesto es que, ahora que de repente la producción y distribución de alimentos se ha convertido en una prioridad, cuando no en una obsesión para la mayor parte de a población, todo el mundo vuelve su vista hacia el sector agropecuario implorando una continuidad en su labor y esperando que ese flujo de verduras, carnes, huevos, legumbres y un larguísimo etc de alimentos no cese para poder abastecer los lineales de alimentación y así garantizar el suministro y alejar los fantasmas de otras épocas que todavía muchos reviven en sus carnes y otros en nuestra memoria.

Ahora sí. Ahora sí que vemos a los agricultores y ganaderos con admiración y cariño. Ahora sí que estaríamos dispuestos a pagar un precio extra por no ver nuestras despensas y neveras vacías.  Qué ironía del destino. Hace tan solo un par de semanas no nos hubiéramos planteado, si quiera, esta posibilidad. Hace menos de quince días había quienes pensaban que el problema de rentabilidad de los productos agropecuarios era solo cosa de unos incorregibles y ancestrales llorones.

Bueno, no voy a hacer sangre de la interesada actitud de muchos sino todo lo contrario. Voy a aprovechar para congratularme de que, aunque haya sido por una circunstancia tan dramática, al fin se hayan abierto los ojos colectivos y quede ya en la memoria de todos que el sector agropecuario, junto a muchos otros por supuesto, es el pilar básico de nuestra subsistencia y tenemos la obligación (y muchos la devoción) de asistirlo, mantenerlo y valorarlo. Juntos saldremos de ésta, no tengáis ninguna duda. A ver qué hacemos después. Un saludo.

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