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Publicado por Ángel Cuaresma

A medida que el virus retrocede (un poco, no crean) las administraciones avanzan (un bastante) en sus absurdas e ineficaces medidas con las que disimular su impericia, por decirlo suavemente, en la lucha contra la enfermedad. La última ocurrencia, puro franquismo de viñeta, es la prohibición de cantar y blasfemar. Se lo explico.

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Si yo fuera laísta y ceceara, diría que a la ministra de Educación “cela(h)a ido la pinza “ pero como, ni soy laísta, ni soy María Jesús Montero, diré que la Ley que perpetra ha de ser una oportunidad para aprovechar. Sí, ya sé que esto les sorprende, de modo que intentaré explicarme.

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Parece que, en esta segunda ola de la pandemia, las administraciones no se van a ir de rositas. Parece que no habrá aplausos desde los bacones y, por tanto, no se apropiarán de ellos. Parece que no habrá sumisión patológica, ni ciudadanos amedrentados. Parece que ya sabrán dónde invertir la pasta de las multas: en contenedores nuevos. Parece que, de recetar paracetamol de 650 miligramos, han pasado a recibir Gamonal de un gramo.

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