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Publicado por Ángel Cuaresma

 

Estos días, en los que se celebra en Barcelona una nueva edición del Salón Alimentaria, puede que sean una buena ocasión para que reflexionemos sobre lo que compramos y comemos. En la toma de tan trascendente decisión influyen muchos factores aunque, qué duda cabe, el económico y la salud de nuestros bolsillos prima sobre otros parámetros que ojalá estuviéramos en condiciones de tener más en cuenta.

Sin embargo, y sin darle demasiada alegría al bolsillo, quiero decir, sin que nuestro presupuesto se desequilibre en demasía, nunca está demás que prestemos atención a las propiedades de aquello que vamos a destinar a nuestras familias y a nuestros amigos. No trato, con este artículo, de difundir un mensaje patriótico, ni regionalista, ni nada por el estilo. Es más, soy un firme defensor del liberalismo económico y de la economía de mercado con todos los matices con que se les quiera adornar pero, precisamente, esta libertad que defiendo para empresarios y productores, la reclamo también para el consumidor que, si bien no la tiene plena por cuestiones crematísticas, al menos, dentro de sus posibilidades, ha de poder seleccionar.

Y, para que esa elección esté medianamente razonada, la información es clave y esa información, donde va, o debería ir, es en la etiqueta, No digo yo, insisto, que haya que comprar, por narices,  productos de nuestra tierra, ni que haya que boicotear los de otras regiones, no; el consumidor debe comprar lo que quiera, o lo que pueda, sea esto de Castilla y León, del resto de España, del resto de la UE o de fuera de la misma; pero, eso sí, que cuando compre un producto, especialmente alimenticio, que se sepa de dónde procede, dónde se ha sacrificado (en el caso de ser un animal), dónde se ha despiezado y dónde se ha envasado. La normativa en estos aspectos es muy concreta y se suele respetar. Que es en España, perfecto; que cada parte del proceso corresponde a un país distinto, perfecto también, que el consumidor ya sabrá si le conviene o no.

Y esto vale para la fruta, para la verdura, para el cereal, para el pescado y, por supuesto, para cualquier producto, a granel o manufacturado, aunque no sea del ámbito que nos compete: estoy pensando en la ropa, en la automoción.

Ya sé que no soy políticamente correcto si les digo que también los productos extranjeros generan riqueza en nuestra tierra. Un alimento, un vestido o un coche procedentes de otro país también generan riqueza aquí, vía distribución, vía comercio y, en algunos casos, vía impuestos, en el supuesto de que éstos surtan de algún tipo de riqueza.

Pero, insisto, generando toda la riqueza que sea, que la generan, sin duda, que cuando compremos contemos con toda la información pues la información, también en el ámbito del consumo, nos hace libres. Y en esto, el consumidor no es el único interesado, también el agricultor y el ganadero, primeros eslabones de una cadena que pude ir de un pueblo a otro o de un extremo a otro del mundo.

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