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Publicado por Ángel Cuaresma

Las manifestaciones celebradas estos días por el campo español no tendrían, en principio, particularidad alguna en relación a las que hemos vivido en las últimas décadas; pocas diferencias tanto en el motivo de las reivindicaciones como en la forma de acometerlas.

Sin embargo, por lo visto y oído estos días, sí hay, al menos, dos diferencias muy sustanciales que me gustaría resaltar. Dejo para un análisis posterior los motivos de las reivindicaciones pues las relativas a precios, márgenes y caídas de rentabilidad y beneficio no son muy diferentes a lo ya sabido. Y, en cuanto al impacto de la subida del salario mínimo interprofesional, quizá sea un poco prematuro vincular la decisión, por mucho que los números estén ahí, la subida del paro sea matemática y el desplome de un seis por ciento del PIB agrícola en el último trimestre haya sido una realidad que abruma.

Pero, como digo, quizá sea demasiado pronto y creo que estamos más ante un efecto miedo o prevención que ante una consecuencia real que, sin duda y por desgracia, llegará para asentarse si unas prontas urnas no lo remedian.

Centrémonos, pues, en los dos hechos, entiendo que también relevantes, que diferencian estas movilizaciones del campo de las anteriores. El primero de ellos es la brutalidad, la saña, con que la Policía y sus derivados de diferentes colores han reprimido a los profesionales del campo. Se me dirá que no es la primera vez y que, allá por los años ochenta y noventa, vivimos cargas contundentes en Tordesillas y otros lugares de Castilla y León. Cierto, pero, en aquella ocasión, hablábamos de muy prolongados cortes que afectaban gravemente a la circulación y a los derechos de otros ciudadanos lesionados de manera seria. Ahora, si bien no han faltado los cortes de carretera, contrasta la supuesta eficacia policial de otras ocasiones con la inacción, desidia o presunta dejación de funciones (me refiero al Gobierno, no a los agentes) mientras ardía, es sólo un ejemplo, Barcelona, y esto es literal, no una exageración.

Choca, y nunca mejor dicho, la insania contra los agricultores que empañaban la ¿buena? Imagen del ministro del ramo en un acto la semana pasada con ese mirar para otro lado cuando independentistas y perroflautas rodeaban el Parlamento catalán o el Congreso de los Diputados. Pronto, con el nuevo Gobierno, ya no se va a poder.

Ya tenemos asumido que los diferentes cuerpos policiales no están al servicio de los ciudadanos sino de las instituciones pero que estén al servicio, ni siquiera del Gobierno, sino del partido o partidos que lo sustentan, agrava la quiebra en relación s sus principios fundacionales.

El segundo hecho que me gustaría destacar es el desprecio que, una vez más, los mal llamados sindicatos de clase, y muy especialmente UGT, han hecho de las reivindicaciones de trabajadores, profesionales y empresarios del campo. El secretario general del sindicato de la PSV y de los ERE es José María Álvarez. Los periodistas de partido (esto es, en realidad, un pleonasmo) se empeñan en llamarle Pepe Álvarez, como si, en vez de un personaje público fuera un colega, un amigo o algo así. Hombre, un primo no es, eso seguro.

Pues bien, don José María ( se llama como el Tempranillo) no ha regateado los adjetivos a los manifestantes: que si terratenientes (como si esto fuera malo), que si rancio (¿a qué jamón se referirá)… Habría que buscar en las hemerotecas a ver si ha llegado a decir eso de extrema derecha y tal.

De todos es sabido que, a la izquierda, lo del campo nunca le ha gustado mucho, quizá porque las organizaciones profesionales agrarias tienen una fuerza que nunca tuvieron sus sindicatos satélites. En cuanto a Ciudadanos, pues los líderes que van quedando siempre se las han dado de urbanos y de modernos. El PP, pues a ratos, cuando ha necesitado al campo, y ahí están, desde 1991, los pactos con Asaja, pues bien, pero también se las han tenido tiesas con su actual líder regional Donaciano Dujo, o, por mejor decir, él con ellos.

Pero, volvamos a los sindicatos, a la UGT: entiendo que no les guste la agricultura y la ganadería, ellos son más de mariscadas. Y la caza, pues tampoco debe gustarles mucho, pese a las cacerías nocturnas que organizaban, por las carreteras de Andalucía, sus compañeros de partido.

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