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Publicado por Ángel Cuaresma

Hace ya unos meses, a cuenta de un desafortunado e inexacto anuncio radiofónico, escribí en Agronews un artículo en el que rebatía la condición del bodeguero Alejandro Fernández como impulsor de la denominación de Origen Ribera del Duero. En aquel texto, que el amable lector puede recuperar gracias a las virtudes de la tecnología, recordaba el verdadero mérito de personas como los recordados Jesús Anadón y Pedro Llorente.

Pensaba que no tardarían en producirse las quejas de la familia del octogenario viticultor pero, por suerte o por desgracia, éstas no llegaron y no fue porque las semillas biológicas del aludido no sean mucho de ponerse al teléfono sino porque parece ser que, en esta familia, el amor filial no parece ser la etiqueta de la casa.

Conocidos los primeros datos de la historia, uno podría pensar que la avanzada edad del bodeguero le habría llevado  a acometer decisiones que pudieran poner en peligro la buena marcha de las empresas del grupo o que las herederas (parece que este adjetivo no va a ser muy exacto) quisieran dar a los negocios de diversa índole un nuevo enfoque; ya saben, eso de adaptarse a los nuevos tiempos, tan socorrido cuando se quiere acabar con lo que funciona.

Pero me cuentan los allegados (no los muy allegados, que no se tratan) que, de eso, nada, que Alejandro Fernández está muy bien de cabeza y que no se le va ni una aunque,  quizá, haya estado lento de reflejos, puede que porque no quería aceptar la traición de sus seres queridos. Tampoco parece que la razón sea dar nuevos enfoques a la gestión con lo que, de ser ciertos estos argumentos, estaríamos ante una mera rivalidad familiar, una más en el mundo de la empresa.

Porque, si nos ponemos a ello, la lista de firmas descuartizadas por desavenencias entre personas de la misma sangre es especialmente acusada en este sector, el de la empresa familiar, y aún más si cabe, en el del vino. El ejemplo más conocido seguramente sea el de la galletera palentina Gullón, con episodios esperpénticos como el de la celebración de un pseudo Consejo de Administración en un coche, un Mercedes, por supuesto, todo ello salpimentado con cuestiones matrimoniales y todo el morbo que se le quiera echar. Vamos, que las galletas se las pegaban entre ellos.

Y en el mundo del vino, ¿qué decir? Pues ustedes lo conocen. No es la que hoy nos ocupa la única guerra familiar. Parientes que no aguantan la bodega familiar y se van a dirigir otra, uno al que no le dejan poner a su vino su propio apellido, egos, personalismo… En fin, igual es que el vino, pese a estar acostumbrados, se sube a la cabeza más de lo que parece, especialmente en esa Ribera.

El conflicto en Pesquera no es reciente y parece que le quedan muchas etapas por recorrer. No será fácil. Ahora entiende uno por qué dicen que el vino, servido en la copa adecuada, tiene lágrima.

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