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Publicado por Ángel Cuaresma

En los años electorales, el curso político no se inicia en septiembre sino cuando se conforman los gobiernos, y este que nos ocupa no ha sido una excepción. Apresuradas vacaciones aparte, la actividad se reinició a finales de primavera. En el área que nos atañe, la noticia ha sido, con permiso de los roedores, la designación de Jesús Julio Carnero como nuevo consejero de Agricultura y Ganadería. Los años al frente de una institución como la Diputación de Valladolid le han hecho conocedor, sin duda y en profundidad, del medio rural; y, si nos remontamos a su etapa como secretario general en Fomento, la Consejería tradicionalmente inversora, su capacidad de gestión está más que reconocida. Por tanto, en el sector deberíamos estar satisfechos con su nombramiento.

Ahora bien, una cosa es que éste sea un acierto y otra cómo se llega a tal situación. Y aquí es donde quiero detenerme. Porque a nadie se le escapa la contradicción de todos los partidos políticos, todos ellos firmes defensores del estado de las autonomías (bueno, en realidad, todos menos Vox) pero que, en su actividad interna, practican un centralismo más propio del jacobinismo francés y cuyos dirigentes actúan con una visión madrileña sólo comparable a la de los medios de comunicación nacionales.

Repasemos algún episodio preelectoral. Por ejemplo, aquel mitin de la plaza de San Pablo, en plena Semana Santa vallisoletana, en el que el presidente regional del PP, el hoy presidente de la Junta, Fernández Mañueco, en presencia de Pablo Casado, confirmaba/pedía a Carnero que fuera el candidato a  la Corporación provincial, entendiéndose esto como una forma de hablar pues los candidatos se designan a posteriori de los comicios.

Y así estuvo a punto de ser. Se ganó la Diputación, se perdió la capital, único caso en España, gran trabajo en las circunscripciones de Medina del Campo y Medina de Rioseco, pero, ay, los defensores de las autonomías dicen que decide o deciden que dice Madrid y que no, que Carnero no, y palabrita del Niño Jesús que esto no es cosa de Ciudadanos.

Entonces, si no es cosa del nuevo socio, ¿qué había sucedido? Habrá quien piense que lo de pedir el apoyo para Soraya Sáenz de Santamaría en el Congreso del partido no fue una muestra de habilidad política pero, en realidad, cada compromisario votó lo que quiso, salvo uno al que rompieron la papeleta y poco menos que le estrellaron los pedacitos en la nariz. Pero se equivocan en Madrid, una vez más, porque no es lo mismo pedir el voto para Soraya que ser sorayista.

Ítem más, tiempo habrá tenido Casado para acabar con los rescoldos de ese sector del partido, y es evidente que no lo ha hecho y ello le ha pasado factura en los sucesivos comicios. Pero si, aunque tarde, quiere emprender la tarea de fumigar, y no precisamente a los topillos, tiene por dónde empezar. Ayúdenme a poner nombres: Javier Maroto, Alfonso Alonso…

Se creyeron que las elecciones se iban a ganar por el centro porque los partidos parecen fiarse de los medios de Madrid que repiten el soniquete para conservar su estatus. Como si sus productos informativos estuviesen centrados. Pero confunden centrados con centralistas.

Ahora, vamos a ver cómo se da la legislatura y esperemos que, más preocupados por mantener el pacto y no enfadarse demasiado con los socios, dejen trabajar con tranquilidad al equipo de la Consejería.

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