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Publicado por Ángel Cuaresma

No hacía falta ser muy listo para prever los resultados que arrojan las Elecciones autonómicas. Detalles aparte y salvando las distancias de los partidos locales, que es verdad que han desbordado todas las previsiones, no creo que lo que podríamos llamar el grueso de las cifras finales difiera mucho de lo que podría prever cualquier analista medianamente objetivo, alejado de las querencias, filias y fobias personales.

Ya sé que, escrito el lunes, es muy fácil pero no me negarán que, a medida que transcurría la campaña, muy pocos dudaban de una victoria del PP en unos términos que unos calificarán de pírrica, otros de amarga y algunos sin adjetivos. Pocos serían, a su vez, los que dudaran, por mucho que el deseo les hiciera confundirse con la realidad, de ese subidón de Vox, cantado por todos y anestesiado por las encuestas, pero cuyo resultado final ha superado ligeramente incluso los pronósticos de los más comprometidos con la causa.

Análisis aparte merece la estrepitosa caída de un PSOE que salió vencedor de la convocatoria de 2019 y que, también mezclando el deseo con la realidad, parecía acariciar en los últimos días de campaña la posibilidad de formar gobierno. Pero Sánchez vino más de lo previsto y su efecto, unido a las siglas, que no a la responsabilidad de Tudanca, fue demoledor para un candidato que, entre lágrimas, no confirmó pero insinuó una dimisión.

Por lo demás, Ciudadanos y Unidas Podemos (esto último parece un sarcasmo) se ciñeron a lo que pensábamos, un escaño y gracias, mientras Soria Ya, UPL y, en menor medida, Por Ávila, desbordaban todas las previsiones.

Conocidos esos resultados, no deja de sorprenderme que, los de siempre, es decir, políticos y periodistas, se nieguen a aceptar el resultado, incluidos los ganadores. Los votantes han tomado una decisión y se lo han puesto en bandeja a quienes han de negociar. Un PP con un resultado muy parecido al de 2019 (dos escaños más) y un Vox con un escaño más que Ciudadanos entonces. En aquel momento, no fue fácil pero Madrid lo resolvió en cinco minutos. Hoy, debería ser aún más sencillo pero parece que no. Ay, qué dura es la democracia cuando los electores no votan lo que nos gusta, ¿verdad?

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