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Publicado por Ángel Cuaresma

Meses y meses después de la presentación, por arte de Vox, del recurso, creo que nadie dudaba de la inconstitucinalidad de la declaración del estado de alarma. Lo que ya no teníamos tan claro era el resultado de la deliberación toda vez que ninguno de los jueces-políticos, que es lo que son los magistrados del Alto Tribunal, es afín a la formación recurrente.

   Y en esto último, entiendo, reside la clave de la decisión conocida en las últimas horas. Que un órgano tan politizado, sometido estos días a presiones insoportables y, por otro lado, inaceptables, haya valorado, por seis votos a cinco, el recurso de un partido satanizado por el pensamiento único hasta la extenuación, nos da idea de la flagrante inconstitucionalidad con la que fuimos gobernados (es un decir) durante aquellos infaustos meses.

   Es verdad que el fallo del TC establece una anulación parcial; es verdad que reconoce, en algunos puntos, la adopción de determinadas medidas; es verdad que, a última hora, fue determinante una especia de voto de calidad de una magistrada considerada del sector progresista; es verdad que nos anuncian cinco votos particulares; todo eso es verdad, como no es menos cierto que ya será imposible de facto reparar tanto daño causado por el estado de alarma, pero, al menos, todos, las víctimas directas y las indirectas, disfrutaremos de algo parecido al resarcimiento moral, que de algo servirá, digo yo.

   De la misma manera, bueno, de la contraria, el Gobierno intenta resarcirse en su línea, ya saben, que si decisión inédita, etc, etc pero, claro, para decisión inédita la adoptada aquel oscuro 14 de marzo y las prórrogas posteriores, algunas de ellas en complicidad con partidos de la que creíamos oposición.

   No es muy correcto, aunque sea praxis habitual en la profesión, autocitarse pero no dejo de acordarme de humildes lineas escritas en aquellos terribles meses, donde llegué a calificar a nuestro país de Sovietspaña, y algo así fue. Ya por entonces, hablábamos de resultados en términos de fracaso que hoy se traducen en quién sabe si cien mil o cuántos muertos y una socedad arruinada, tanto material como anímicamente.

   Porque, en definitiva, a eso se ha reducido el estado de alarma y sus sucesivas versiones de toque de queda, aforos, horarios y demás: nunca sabremos si se salvó o no alguna vida, puede que sí, pero sí conocemos algunas de las muertes y la situación de nuestras empresas, por no hablar de la soledad, de la separación de las familias, de los meses que ya nunca volverán.

   Porque, quizá no se trataba de salvar vidas, O no sólo. Quizás era una cuestión de soberbia, de egos, de aquí mando yo. Y no sólo los políticos. Los funcionarios, los uniformados, su insolencia, su impertinencia, su autoridad un día perdida y con el coronavirus recobrada, aunque esta descripción no debe hacernos olvidar a quienes sí se lo curraron y a quienes se dejaron la vida en el empeño, que también fueron muchos.

   Hoy, mediado el segundo verano de la pandemia, con una quinta ola seria, grave, pero muy diferente a las anteriores y con aspectos menos negativos, nadie asumirá responsabilidades, nadie reconocerá que se equivocó. Antes bien, lo llevan haciendo desde las tres de la tarde del miércoles, arremeterán contra el Tribunal Constitucional obviando que está integrado por todos los partidos políticos excepto el que ha ganado el recurso. Aunque, quién sabe, puede que hasta algún medio obvie en sus informaciones citar al autor de tal recurso.

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