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Publicado por Ángel Cuaresma

De todos los sectores sociales, el campo es, sin duda, el más valiente a la hora de no aceptar lo políticamente correcto y de sacudirse el letal sopor que abruma al común de los mortales. Sin embargo, agricultores, ganaderos, profesionales, habitantes del medio rural y demás tampoco son inmunes a la ola de sumisión patológica que a todos nos recorre y, en ocasiones, acecha el peligro de sucumbir a la pócima. No tanto como sucede en el periodismo, probablemente el mundillo hoy más proclive a aceptar tópicos y corrientes sin rechistar, pero el agropecuario tampoco está libre de pecado.

Sin embargo, de vez en cuando y muy poco a poco, surgen voces discrepantes, que no se dejan manipular, entre otras cosas porque nuestros agricultores y ganaderos son, en muchos casos, dueños de su propio destino y, en otros, es tan exiguo lo que pueden perder o les pueden quitar, que les importa muy poco la condena social.

Uno de los ejemplos de mayor actualidad es el de las macrogranjas que, con mayor o menor fortuna, se intentan instalar, de la mano de proyectos aparentemente sólidos, en las provincias que más lo necesitan en Castilla y León. Hasta ahora, apenas habíamos escuchado poco más que las voces de quienes están en contra, a saber y casi en exclusiva, aldeanos urbanitas o urbanitas aldeanos (úsese también el femenino), es decir, personas que se dicen habitantes de los pueblos afectados pero que en realidad sólo pisan por ellos los fines de semana, y eso si no hace mucho frío, aunque admiten como excepción los días de convocatoria de manifestación.

Entre las voces que ya empiezan a defender este tipo de proyectos, hemos podido leer, estos días, la del consejero de Agricultura, Jesús Julio Carnero; es verdad que lo ha hecho después de que se le preguntara en una comparecencia ante la Prensa, y es verdad que ha sido de forma muy moderada, lo que ahora se dice centrada, pero no por ello ha dejado de ser claro: “Contribuyen al desarrollo del medio rural”, de modo que, “si cumplen las normativas”, adelante con los faroles. Esto de los faroles es de la cosecha propia del columnista que firma.

Quien sí se caracteriza por no tener pelos en la lengua es el presidente regional de Asaja, Donaciano Dujo; éste, ha hablado la semana pasada de ese destino turístico de niebla y cemento que ha sido la cumbre (sin escaladores de altura) del clima. Lo de destino turístico también es cosecha propia.

Pues bien, el amigo Dujo ha sido claro: es verdad que el sector agroganadero contamina, como todas, pero menos, las actividades profesionales, eso sí, con una diferencia muy, muy sustancial, sus efectos descontaminantes; algo tan sencillo como que los animales comen pasto y esta actividad tan primaria, tan elemental, permite la regeneración verde. Toma argumento empírico, o sea, científico y sin demagogia.

Son sólo dos ejemplos, quizá tímidos, pero, como todos los ejemplos, una senda por la que empezar a caminar y seguir los pasos.

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