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Publicado por Ángel Cuaresma

Es la pregunta más repetida a medida que se acercan, este año de manera parece que más inexorable, las fechas centrales de la Navidad: “¿Qué vais a hacer estos días?”. Se refieren los interlocutores, claro está, a cómo, dónde y, sobre todo, con quién vas a celebrar. Evidentemente, la respuesta no puede ser otra: “Lo que considere oportuno”.

Hombre, sí, la respuesta puede ser otra, más grosera, menos pulida, entrando ya en el terreno de las gónadas, los dídimos y sinónimos más o menos eufemísticos que se nos puedan ocurrir, aunque el resumen es el mismo. Pero, qué significa, realmente, lo que uno considere oportuno.

Pues que la respuesta a la pregunta del millón no puede ser legal, administrativa o política. Ha de ser personal, familiar. De tal modo, cada familia habrá de valorar la situación de sus seres queridos: edad, problemas de salud, patologías previas y presentes, relaciones sociales y/o laborales de los asistentes o no asistentes a las reuniones...

Y, una vez valorado todo esto y algún parámetro más, tomar la decisión “que considere oportuna”, insisto. Así, en unos casos las comidas, cenas y pasos del ecuador horario estarán formadas por, no sé, ocho, diez o las que sean personas. En otros, nuestra valoración nos llevará a reducir el círculo a seis, o a cuatro. Y, desgraciadamente, habrá casos extremos en las que los mayores, los que vayan quedando, los que no hayan dejado morir en la primera ola, estén solos, como en un renovado e indeseado noviazgo.

Pero la decisión ha de ser personal, no basada en unas normas numéricas aleatorias con las que, una vez más, las administraciones no hacen sino ocultar su pandémico fracaso. No tiene sentido que se puedan juntar seis personas en riesgo y no doce con menos probabilidades; no tiene sentido juntar a seis enfermos y separar a doce personas sanas. Pero, llegados a este punto de la enfermedad, ¿qué tiene sentido?

Ah, y chistes macabros aparte, no creo que a nadie se le ocurra enviar a policías, guardias, agentes y demás funcionarios casa por casa; el secreto es no hacer mucho ruido y que ningún vecino o probo ciudadano se queje. Y si, aún así, llamaran a la puerta, que a nadie se les locura dejarles entrar, si no media orden judicial, salvo para hacer una pedorreta con el matasuegras. Aunque, este año, desgraciadamente, no parece que vaya a haber suegras en nuestras comidas.

Estarán solas y solos en sus casas o en las residencias intentando interpretar los artículos de un boletín o las declaraciones grandilocuentes de un supuesto experto que nos aconsejan esa soledad aunque quizá nunca sepamos la farra que ellos se está pegando a la misma hora.

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