
Lo de Cerdán es la prueba definitiva de que el apellido de uno es premonitorio. Se lo digo por experiencia. Pero no es de esto de lo que quería hablarles, o escribirles, sino de cómo fue transcurriendo la alocada jornada del pasado jueves.
El castigo, porque de un castigo se trata, había comenzado horas antes, la noche del miércoles, cuando el Partido (con mayúsculas, el Partido por antonomasia) empezaba a recoger los frutos de la visita del ministro Óscar López a la sede de Vivendi, en París. Creo que Gobierno y Partido no han mensurado bien el alcance de aquel inmenso error. Y nos fuimos a la cama tranquilos, con la sensación de que, ya por la mañana, las aguas se habrían calmado, que es lo que pasa siempre
No fue así y, por unas horas, pocas pero intensas, tuvimos la sensación de que las ratas abandonaban el barco, de que hasta los más fieles empezaban, o lo intentaban, a recolocarse, a buscar una nueva nave, no tan a la deriva, a la que subirse para emprender la travesía hacia el mismo sitio, hacia lo que ya en Europa es la nada.
Las ratas del barco
Los más fieles del Partido tiraban de manual, el argumentario no llegaba, Era cosa entonces de echar mano del kit de supervivencia y hablar como siempre habían previsto, como les habían enseñado durante años para cuando esto llegara.
En similares plazas han toreado pero insisto, lo diferente estaba en la bulla. Salvo excepciones, ondas y hondas excepciones, los hasta ese momento más afanados roedores disimulaban su despiste y su militancia.
Hasta que llegó el toque a rebato. Poco dura la alegría en casa del pobre y, a lo que se ve, la libertad en la del rico. Por la tarde, muy a primera hora, comparecencia presidencial (mortuoria, pero presidencial) por medio, las aguas volvían a su cauce, volvíamos a saber quién era el enemigo a batir. Resulta que los compañeros de viaje, literal, nos habían engañado y, como en los Diez Negritos de Agatha Christie, de cuatro que viajaban sólo uno sobrevive resplandeciendo con una pátina de honradez.
La opción disolver las Cortes, descartada; la opción convocar Elecciones generales, descartada; la opción moción de censura, descartada, como si las mociones sólo se presentaran para ganarlas y no para poner en evidencia al adversario político. Nadie se plantea la opción más lógica por fácil: la dimisión del Presidente del Gobierno y la elección de uno nuevo entre la bancada socialista, y todos contentos.
Acaba la jornada, y la semana, y empieza una nueva, y parece que la única preocupación pasa por los pobrecitos militantes socialistas y el polvo de su carné. Ah, y que el PSOE no desaparezca. Tranquilos todos. A este peso, el que desaparece, es el PP. Por su indolencia.
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