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Publicado por Ángel Cuaresma

Las últimas ocurrencias falangistas de la vicepresidenta básica son un paso más en esa carrera de despropósitos e ilegalidades que tiene su origen en los recortes de derechos y libertades sufridos durante la pandemia y parecían haber culminado en las sandeces destinadas supuestamente a ahorrar energía.

Les evitaré la molestia de explicar prolijamente que el verbo ‘topar’ no existe en la supuesta acepción que le quiere dar una política profesional cuyas capacidades, al parecer, la semejan más a la Doña Rogelia de Mari Carmen que a la Generación del 27. Pero, siquiera sea someramente, déjenme recordar que, en español o castellano, como prefieran, existe el verbo topar, con varios significados, el primero de ellos ‘chocar contra algo o alguien’, que es, más o menos, lo que le ha pasado a la ‘vicebásica’ con el sentido común y la libertad.

Pero, vayamos al meollo, a la propuesta de ‘poner un tope’, mejor así dicho, ¿verdad?. al precio de determinados alimentos, entre los que no sé si se incluye el marisco de los sindicatos tradicionales. No han sido muchos, algunos sí, los que, estos días, han recordado que, gracias a Dios y a la Constitución, vivimos en un régimen de libre mercado que impide tales topes. Libre mercado en el que, dicho sea de paso, ya no parece cree ni la mismísima Úrsula von der Leyen. Pero vayamos más allá, es que el propio Gobierno es el encargado, a través de los organismos correspondientes, de velar por la libre competencia y uno de sus principios (básicos, jeje) es la prohibición expresa de pactar precios. Ahí están, a la vista de todos, millonarias multas a las tan temidas energéticas (las empresas, no las bebidas) o a las industrias lácteas al más mínimo indicio de creación de ‘cártel’, oligopolio o similar.

Ilegalidades aparte, que ya se sabe que lo de la ley a algunos gobernantes no parece que entre en sus prioridades, vayamos a los efectos de este tipo de medidas. ¿De qué estamos hablando? ¿De ‘sovietizar’ la economía? Ejemplos, sin remontarnos al pasado, los tenemos en nuestro entorno cultural, si no geográfico. Muy manidos, pero reales: Venezuela, Cuba y tantos de esos países de Hispanoamérica que parecen no haber escarmentado y en los que los precios los establece ese monstruo tan lejano pero tan dañino que se llama Estado.

No hace muchas semanas, hemos ‘cubanizado’ nuestras ciudades apagando escaparates y monumentos a las diez de la noche. La Habana es la ciudad de la luz al lado de las calles de España. Hemos dicho a nuestros comerciantes, a nuestros pequeños y grandes empresarios, cómo deben gestionar su negocio, que ellos no saben, que el Gobierno ya vela por sus intereses.

Es la segunda entrega: la primera fue poner a la ciudadanía de uñas contra las eléctricas y las gasistas: la segunda, enfrentarlos a los pequeños y grandes distribuidores quienes, por cierto, no se están enriqueciendo con la subida de precios pues los márgenes son los que son. Pero es la estrategia típica del escolar fanfarrón: enfrentar a unos con otros para escapar de la situación.

Anteayer, nos encerraron en casa de manera ilegal con el beneplácito de una parte de la oposición. Ayer, nos oscurecieron las calles, como presagio de lo que nos espera. Hoy, les dicen a los supermercados lo que nos tienen que cobrar, a ver si así vuelve el desabastecimiento y las cartillas de racionamiento. Lo dicho, todo muy falangista.

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