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Publicado por Ángel Cuaresma

El desenlace de la crisis de la empresa Siro ha puesto de manifiesto, una vez más, las carencias de la derecha española, ahora parece que no en exclusiva el PP, en materia de comunicación, y no sólo su orfandad mediática sino su falta de capacidad para explicarse. A ello, se une que el adversario político sigue dándole mil vueltas a la hora de, precisamente, eso, dar vueltas y retorcer la realidad.

Me explico. La crisis de Siro no es algo que se haya desencadenado estos días pero sí es verdad que, cara a la galería y de manera pública, la confirmamos cuando la empresa anuncia el inminente cierre de la planta de Venta de Baños y el consecutivo de las restantes toda vez que los trabajadores no asumen los sacrificios exigidos por la propiedad.

A partir de ahí, y también con el anuncio del impago, hoy ya resuelto, de la nómina de mayo, empieza la cadena de reuniones, conversaciones y mediación por parte de las administraciones, algo muy elogiable pero con un pequeño matiz: no son las administraciones sino los empresarios y, en este caso, el socio inversor, quienes garantizan la continuidad o no del negocio. Aunque, por supuesto, bienvenida sea toda ayuda, incluida la presión.

En los siguientes días, el soniquete que se nos hace oír por tierra, mar y aire es que la Junta de Castilla y León no se reúne con los representantes de los trabajadores, al tiempo que se focalizan las críticas en los dos consejeros más directamente afectados por la situación, Agricultura e Industria, que, para mayor descontento, fueron nombrados, hace apenas dos meses, por Vox. Bueno, en realidad, las críticas se centran (ay, he dicho ‘centran’) en el titular de Industria pues éste cae peor a la oposición que el de Agricultura.

Como bien sabe el lector, el miércoles, día 8, ser produce la reunión del presidente de la Junta, Fernández Mañueco, con los comités de empresa y los alcaldes de las poblaciones en las que se encuentran las diferentes plantas de Siro. Al día siguiente, tiene efecto una segunda (de las públicas) reunión, en este caso con el consejero de Economía, Fernández Carriedo, y aquí es donde se produce algo insólito.

Antes del inicio de la reunión, el Gobierno central pone en marcha su disparatada maquinaria e intenta ‘secuestrar’ (obsérvense las comillas, por favor) a los trabajadores para que se vayan a Madrid a reunirse con la ministra del ramo, cuyo nombre ya ha sido repetido hasta la saciedad en previsión de una posible convocatoria electoral en Castilla y León. Incluso, es de suponer que con dinero público, se contratan autocares para el éxodo.

La medida, durante un par de horas, no cuela y la reunión concluye con el anuncio de que, efectivamente, hay un inversor y que éste mejora la oferta anterior y tenemos, por tanto, muchas, muchas posibilidades de que se salven las plantas.

Aún así, se conduce a los trabajadores a los autobuses y parten rumbo a Madrid, donde, ya a las tres de la madrugada del viernes, día 9, se firma el acuerdo gracias, nos dicen, a la ministra con aspiraciones.

Entre medias, enternecedores los esfuerzos de los medios por, en función de la línea editorial de cada uno, convencernos de que Fernández Mañueco, según unos, Maroto, según otros, era “el verdadero artífice del acuerdo”. Es lo que se llama la ‘Sirocracia’

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