Rebaño de ovejas pastando en Torrecilla de la Abadesa - Valladolid
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Publicado por Ángel Cuaresma

No deja de ser sorprendente, aunque tiene su explicación, que una figura supranacional que nació para romper fronteras y facilitar el libre mercado y, por tanto, el comercio entre sus miembros, me estoy refiriendo a  la Unión Europea y sus instituciones, sea la artífice de mantener un mecanismo de ayudas que nada tiene del  espíritu que sostiene a dicha Comunidad. Pero que no se me revolucione el chiringuito, que no me estoy posicionando en contra, al menos radicalmente en contra, del sistema. Me explico: con el correr de los siglos, y ya mucho antes de Adam Smith, ha quedado demostrado que el único sistema económico posible, o el menos malo, si se quiere, es el liberalismo, sustentado en el libre intercambio de bienes y servicios y en la independencia de la iniciativa privada.

Ello no empece para que podamos, no sé si debemos pero podemos, arbitrar una serie de excepciones, entre las que aparecen la agricultura y la ganadería. Y ello, sin que termine de gustarnos, porque estamos hablando de negocios que se desarrollan al aire libre y porque lo que producen no es sino el sustento básico, la comida. Aceptado, pues, como inevitable un sistema de ayudas que no faltará quien califique de perverso, cada cierto tiempo toca hacer números, ver qué presupuesto se destina a esas siglas mágicas que conforman la PAC, cómo se reparte por países y éstos, a su vez, por regiones, y qué actividades son las más beneficiadas por los criterios.

Es evidente que todos estos parámetros, aprobados en primera instancia el pasado miércoles, no serán del gusto de todos (quizá a quien menos se pregunta es al consumidor, destinatario final de la producción) pero, o no me lo he leído todo, que es posible, o estos 47.000 millones de aquí a 2020 y su modo de esparcirlos por nuestro campo no han provocado tantas críticas como en ocasiones anteriores.

Ya sé que podemos utilizar frases de justificación como esa tan manida de “el agricultor preferiría no recibir subvenciones y disfrutar de unos precios justos, o de unos costes menores, o de ambos dos y, de este modo, hacer rentable su explotación”, pero ello, desde la primera PAC y sus pioneras reformas (hablamos de hace más de veinte años) forma parte de un mundo virtual en el que ya no vivimos. Hoy, habrá que aceptar que la cifra y el reparto son lentejas aunque no parece que de las peores.

Habrá que tomar como positiva alguna cosecha que forma parte de las reivindicaciones tradicionales de buena parte del sector, a saber: la inclusión de la denominación de agricultor activo o la mayor dificultad para que quienes no se dedican a la agricultura cobren las subvenciones. Hay, también, no lo negaremos, olvidos incomprensibles, como la falta de medidas para garantizar la continuidad del sector lácteo pero, qué quieren que les diga, si esa falta de medidas significa que no van a dar una vuelta de tuerca a viejas exigencias difíciles de cumplir, pues casi mejor. Es como si en (el resto) de Europa no conocieran la situación de los productores de leche.

Una organización agraria de Castilla y León, Asaja, ha definido la nueva PAC como “el mal menor”. Pues igual es eso.

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