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Publicado por Ángel Cuaresma

Con un ligero retraso fruto de la periodicidad de este espacio, no puede faltar un modesto homenaje, en forma de artículo, a quien acaba de dejar la secretaría regional de la Unión de Pequeños Agricultores: Julio López. Estos días, habrán oído y leído merecidos elogios a quien, durante 22 años, dirigiera los destinos de esta organización agraria. Dicho todo, o casi todo, del profesional, del sindicalista, del hombre de familia, a este humilde columnista le queda hablar de recuerdos.

No crean, tampoco hace tanto, pero eran tiempos en los que la radio en particular y el periodismo en general eran otra cosa y el sindicalismo agrario, aún incipiente, atravesaba sus mejores momentos. Ello no significaba que las organizaciones navegaran sobre una balsa de aceite, todo lo contrario, pero lo que en torno a ella sucedía, era una muestra de vitalidad, de estar con su sector, que ya quisieran para sí los mal llamados sindicatos de clase.

Aún estaba reciente la entrada de España en lo que hoy es la Unión Europea, andábamos a vueltas con las primeras PAC y sus primeras reformas, las organizaciones profesionales se ‘reposicionaban’, se agrupaban o desdoblaban y éranos pocos, muy pocos, más o menos como ahora, los que nos dedicábamos al periodismo agrario, medioambiental, rural…

Con Julio, compartí muchas horas de micrófono; sí, sí, horas. Juntos, cada uno en su papel, asistimos al nacimiento del sindicalismo agrario moderno, a la creación de nuevas organizaciones, a la ruptura de otras. No todo fueron alabanzas, se lo aseguro, pero nunca de él salió un mal gesto o una mala palabra. Y les aseguro, insisto, que hubo momentos muy, muy complicados.

La lucha, casi siempre entendida ésta como negociación y/o discrepancia, era con las administraciones de uno y otro signo, pero también, por qué ocultarlo, con los de dentro, con los lejanos y con los cercanos, pero con esa diferencia que siempre ha caracterizado a Julio: no llevarlo al terreno personal, saber diferenciar el ejercicio profesional de cada uno con lo que sucedía después, cuando el reloj atravesaba el umbral del horario laboral, en el supuesto de que para un agricultor, para un  sindicalista o para un informador tal periodo se pueda determinar, que tampoco es fácil, se lo aseguro.

Serían muchos los méritos, las virtudes que podrían describir a Julio. De entre ellas, me quedo con una: sin renunciar a sus ideales, a la razón de ser de su actividad diaria, creo que nunca, o muy pocas veces, se dejó llevar por unas siglas más allá de las estrictas de la organización que dirigía. Fíjense la relación, más pretérita que presente, de aquélla con el sindicato UGT. Pues bien, creo que será difícil encontrar a alguien que, a su vez, halle algún momento en que los intereses de una se supeditaran a los de otra o, mucho menos, al PSOE o cualquier otro partido político.

Por eso, en el día de la despedida, allí estaban todos: representantes institucionales, de partidos políticos, de organismos y colectivos, muchos de ellos fuertemente ideologizados, para rendir homenaje al hombre que nunca se dejó llevar por la ideología, salvo que éste fuera servir al campo y a sus profesionales.

Hoy, Julio se va; bueno, se va del liderazgo de su querida organización, pero no se va del campo, ni del pueblo; su organización no pierde pues le releva Aurelio González del Río, que, a buen seguro, sabrá liderar la UPA con tanto acierto y la misma prudencia. Al tiempo, quienes ganan son los familiares de Julio, sus vecinos y sus paisanos.

Y mientras, la estación, la primavera, sigue su curso, con las lluvias tardías que, mucho me temo, ya poco ayudarán al cereal pero que, al menos, anuncian una buena cosecha de girasol y una inestimable ayuda para a alfalfa.

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