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Publicado por Ángel Cuaresma

Corría el 15 de marzo, era el primer día del dudosamente eficaz estado de alarma, y un profesional de la sanidad me lo avisó: “Ángel, no hay respiradores para todos y están negándoselos a los mayores”. Estuve a punto de decirle: “Facha”, pero aún no había llegado el momento de insultar a quienes osaban criticar las medidas de las administraciones. Bueno, y también porque no es cosa de insultar a quien tiene en sus manos tu mayor o menor bienestar o el de algún ser querido.

Lo que, hace tres eternos meses, nos parecía una barbaridad impropia de un país avanzado en pleno siglo XXI, hoy es ya un producto de general consumo del que nadie duda. Hemos dejado morir por miles a nuestros ancianos y no tan ancianos y ahora sólo es cuestión de justificarlo y tranquilizar conciencias, bolsillos y urnas.

Si no estuviéramos ante la mayor drama que ha vivido el mal llamado Primer Mundo en décadas, podríamos escribir un guión digno de Berlanga, Valle Inclán o Gómez de la Serna aunque las greguerías que hemos vivido estos meses estarían más cerca, insisto, si no fuera una tragedia, del histrionismo del también ausente Chiquito de la Calzada.

Para miles de nuestros mayores, los últimos días de su existencia terrenal fueron algo así como una carrera de obstáculos. Ni las ambulancias públicas, ni las privadas, ni sus familiares en coches particulares; nadie podía ir a rescatarlos de una muerte segura. Las residencias, y después insistiré en que, ni su personal, ni los gestores, son los culpables, no podían liberarlos de un secuestro decretado a cientos de kilómetros. Bueno, quizá no tan lejos. Esa partida de cartas, parchís o dominó de cada tarde se había convertido en un ajedrez con inevitable jaque mate en el que todos eran peones.

Pero, si por quién sabe qué hábil maniobra de distracción, alguno conseguía eludir los controles, circulares, órdenes y demás, y llegaba a un hospital, el siguiente mazazo no se hacía esperar.

 Ahora, se trataba de conseguir un respirador y, claro, cuando uno ya tiene unos años y no eres tan guapo, tampoco es cuestión de forzar las cosas.

Muchos lo sabían. Casi todos callaban. Uno de los pocos y primeros en denunciarlo fue el obispo auxiliar de Valladolid y secretario general de la Conferencia Episcopal, Monseñor Luis Argüello, quien no dudó en describir cómo se aplicaba o no el respirador en función de una fecha impresa en el carné de identidad.

Sucedió en Alemania en los años 30 y sucedió después en los regímenes comunistas de Europa del Este y otros continentes. Aquí, hemos podido enterarnos gracias a que hay gente interesada en romper el pacto de Gobierno en la Comunidad de Madrid, donde el área de Sanidad es gestionada por el PP y la de Asuntos Sociales por Ciudadanos. En Castilla y León, sucede justo lo contrario: Sanidad está en manos de Ciudadanos y Asuntos Sociales del PP.  Pero, al parecer, las instrucciones eran muy parecidas.

Llegados a este punto, parecería tener razón el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, cuando habla de crimen para referirse  a estos hechos. Pero, claro, que Iglesias hable de crimen es algo así como lo que le djo la sartén al cazo o lo del chiste de la Zapatones. Cayetana Álvarez de Toledo no se anduvo con chiquitas a la hora de describir al padre del vicepresidente (del abuelo, todavía, no ha dicho nada) y daría la sensación de que, como dice el refrán, quien a su familia parece, honra merece.

Ahora, llegarán, no en todos los casos, las investigaciones judiciales, las comparecencias en los diferentes parlamentos, nos querrán convencer de que los respiradores no son adecuados para las personas con determinadas patologías (vamos, que, al final, serán válidos para las personas sanas) y de que lo correcto es medicalizar las residencias. Ah, vale, y, por qué no los parlamentos, los estadios de fútbol, las redacciones de los medios de comunicación…  Así, dejamos más libres los hospitales y todo más relajado.

Aplaudamos, sí, a los sanitarios pero no olvidemos la impotencia y el riesgo de los trabajadores de las residencias, públicas y privadas, que no tenían un minuto libre ni para llamar a la funeraria.

 

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