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Publicado por Ángel Cuaresma

Este fin de semana, el balance de los cien días del nuevo Gobierno autonómico ha coincidido con la celebración del Día de la Provincia de Valladolid, y éste, también, ha sido el acto elegido para imponer la por otro lado merecida Medalla de Oro a quien hasta hace unos meses fue presidente de la Diputación y hoy consejero de Agricultura, Jesús Julio Carnero.

No me extenderé, pues creo que ya lo hice en tiempo y forma, cuando pasó lo que pasó, en los méritos que adornan al homenajeado; ahora, como seguro que él mismo dirá en intervenciones sin número, estamos a lo que estamos, algo así como el chiste de a setas o a Rolex.

Pues bien, si hubiera que definir con dos palabras el balance de estos cien días, creo que frenética actividad es una expresión que no se aleja de la realidad. Ello no quiere decir que se hayan hecho las cosas por hacerlas o por llenar; no, creo que se han hecho con cabeza, con criterio y que sus frutos se han hecho notar, si no en el sector, que seguro que también, al menos en algo digamos que más interno, que es limar asperezas, despejar cualquier duda que pudiera haber y hacer que agua pasada no mueva molino y mirar al futuro.

No falta quien diga, al menos en algunos círculos del PP, algo así como “Tiene narices (pongan ustedes el apéndice anatómico que prefieran) que ahora sea Jesús Julio uno de los principales, si no el principal, apoyo de Mañueco en el partido”. Pues bien, supongo que a los agricultores y ganaderos les importará poco más que una higa quién apoya a quién y si unos u otros se llevan mal, pero, si esa relación da estabilidad y genera confianza, al final sí repercute en el área que, de manera indirecta y por persona interpuesta, hemos encomendado a los gestores de la res publica.

Jesús Julio Carnero había acumulado una dilatada experiencia en lo rural tras su paso por la institución provincial; ahora, también en el medio rural, hay que cubrir mucho más territorio, mucho más, y a fe que lo está haciendo. Viajes, visitas institucionales, hoy en una organización agraria, ayer en una cooperativa, mañana en una empresa o acompañando al presidente en un acto que, por qué no, también puede ser de partido.

Estaría por arriesgar y, tirándome a la piscina (bueno, a una balsa de riego), que es casi el único consejero que no le ha generado un disgusto grave al jefe en estos cien días. En otras ligas se juegan las negociaciones con los funcionarios, la reorganización de la sanidad, las polémicas leyes de sexo (que no de género) y del atardecer de la vida; otros nos cuentan de aquel que habla con un viceconsejero sin pasar antes por el consejero… En fin, cosas de la política.

En Agricultura no parece que, pese a lo que pudiéramos haber pensado en junio, esté sucediendo o vaya a a suceder nada parecido. El titular ha sabido trasladar la confianza de parte de su anterior equipo preservando la experiencia de quienes controlan la Consejería al dedillo, con gente como el veterano Eduardo Cabanillas, que, estoy convencido, conoce hasta la última raya de la última baldosa del intrincado edificio de Rigoberto Cortejoso.

Una persona que sabe mucho, mucho, de  lo que sucede en la vida agropecuaria de Castilla y León, me hacía ver cómo el consejero se ha ganado a la todopoderosa Asaja, al no menos poderoso Matías Llorente, a las viejas guardias y veteranas glorias que, allá por 1991, fueron decisivas en el triunfo autonómico del PP.

Este éxito, aunque sea precipitado hablar de este modo a tan sólo cien días vista, es lo que nuestros adolescentes llamarían tapar boquitas.

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