
Pasó buena parte de su vida entre viñas y hoy ya descansa para siempre en la viña del Señor, donde se perfilan los grandes reservas. Hablo, ya lo han adivinado, de Luis Sanz, el fundador de Dehesa de los Canónigos, el bodeguero sabio y afable que se nos fue un sábado de primavera, cuando en el sector del vino menos se molesta. Jamás se le hubiera ocurrido morirse en septiembre, que es cuando los octogenarios amenazan con darnos un susto.
Lo conocí, un honor, sin duda, allá por 1989, coincidiendo con el lanzamiento de la marca que rescataría del anonimato a aquellas viejas tierras de frailes y ermitas. Y, en seguida, me di cuenta de que era distinto, de que, en un sector tan dado a los egos y la poca simpatía (luego hablan de la alegría del vino), Luis y unos pocos no eran como los demás. En un mundo de señores y villanos, él prefirió ser de los primeros; en un mundo que no sólo pisa la uva, también tritura familias, Luis y hoy sus herederos siempre lucharon por un concepto nunca trasnochado, hoy nuevamente de moda: la familia.
Soy testigo de primera mano, otro privilegio, de su honradez. “Este año no hago vino”, le oí decir, en casa, en la suya, que era la de todos, a finales de un verano en el que los enólogos y él mismo ya advertían sobre la delicada situación de las uvas. “Pues no se hace vino”, antesala de ese emblema que no es un eslogan publicitario: “Antes uvas que cubas”.
Pudo y supo codearse con los líderes nacionales de la política de aquel entonces, cuando esos mismos líderes, además de ideología, tenían principios. Nunca tuvo nada que agradecerles, más bien al contrario, pero lo agradecía, y de qué manera: con su eterna, eterna sonrisa.
Iván (creo que nunca me olvidaba de preguntarle “por tu padre”) y Belén, y muchos más, se hicieron cargo, hace ya años, de una tarea nada fácil: mantener esa tradición que no consiste sólo en vender vino, que también, o que este sea de calidad, que lo es. Consiste, sobre todo, en vendimiar esos conceptos tan ligados, vuelvo a ello, a la familia, a la confraternización, a que la Dehesa no sea sólo una marca, ni siquiera una finca, sino una casa y no precisamente en su acepción mercantil.
Blog de