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Publicado por Ángel Cuaresma

A estas alturas de la película (de terror, claro) los otrora ciudadanos y hoy súbditos ya sabemos que no sabemos. Y no sabemos distinguir muchas cosas. No sabemos distinguir qué día los datos son buenos y qué día son malos, no sabemos distinguir entre muertos en hospitales, residencias o domicilios y no sabemos distinguir entre test serológicos y PCR. Lo único que sabemos distinguir es el test por antonomasia, el test-arudo

Porque sólo a la testarudez, vanidad de vanidades, se puede atribuir prolongar de manera artificiosa un estado de alarma o fórmula similar de cuya legalidad discrepan los juristas que no forman parte del pesebre y de cuya ineficacia ya no discrepa casi nadie. Estas tardes en las que merendamos con Nocilla y Don Simón (ya me entienden) hemos aprendido que la estrategia no es más que una hábil, no lo voy a negar, mezcla de terror y optimismo. Nos amenazan con las penas del infierno ayudados de su divina gracia si no obedecemos al Rey Sol, que tiene su propio Richelieu, y no es quien ustedes piensan; al tiempo, nos inyectan a través de las televisiones en abierto dosis de optimismo que se pagan mucho más caras que el apartamento de Díaz Ayuso.

Pero, ¿qué sentido tiene, de verdad de la buena, mantener el estado de alarma? Pues justificar el mando único, ese que se traduce en un simple “Aquí mando yo” y “Aquí se hace lo que yo digo por mis santos dídimos” porque L’État cést moi . En la práctica, ello ha significado que no había mascarillas, que no había respiradores y que a los ancianos se les secuestraba en sus residencias y se prohibía su traslado a un hospital, responsabilidad que no recae, por cierto, ni en los gestores, ni en el personal de estos centros, sino, insisto, en el mando único.

Y, si las penas del infierno, entiéndase, el contagio, no es suficiente amenaza, siempre nos quedarán policías, guardias civiles y demás para sancionarnos, para hacerse el machote y ver quién nos la pone más gorda (la multa, quiero decir). Ni el más recóndito parágrafo de la Constitución lo sostiene así que, ánimo, a recurrir y a bloquer el sistema.

Entre tanto, la oposición parece que deja de actuar de palmera del Gobierno y reacciona. Salvo Ciudadanos, que está cumplimentando su particular desescalada de diez a cero diputados, parece que los demás despiertan, una vez que lo han hecho, muy tímidamente, vecinos de zonas muy localizadas, inmediatamente satanizados por el periodismo del siglo XXI, ese que, contra lo que sucedía en el siglo pasado, no está al servicio del público sino de las administraciones.

Mal se le pone el ojo a la yegua pero yo aún confío en que las aguas, antes o después, aunque ya vamos tarde, vuelvan a su cauce. No entraré en el sentimentalismo de volver a abrazarnos y todo eso, que sí, que está muy bien; me refiero, más bien, a poder trabajar y cotizar con normalidad, a viajar por ocio o por negocio, a hacer la compra en el supermercado que uno quiere y no donde te dice el guardia de la esquina, a poder utilizar el hospital que más nos convenga y no el que ha elegido por nosotros un señor que está en Madrid y no sabe dónde ubicar Medina del Campo (bueno, ni Cádiz, ni Almería)… En fin, todas esas cosas que, desde niños, veníamos realizando con naturalidad y que ahora sólo se hacen en aquellos países que adoptaron medidas antes del 8-M

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