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Publicado por Ángel Cuaresma

Un día de este puente, un médico de un prestigioso hospital de Valladolid sobrellevaba la guardia con una bolsa de ‘Doritos’ y un refresco de cola, de los de verdad, con sus necesarias dosis de cafeína y azúcar. Yo, que, pese a ser periodista, no suelo comprar la mercancía averiada de los políticos, y menos en cuestiones sanitarias, le espeté: “Como te vea Garzón, te retira la licencia y te echa de España”. “¿Quién es Garzón?”, me respondió el galeno. Cuando le expliqué lo de la boda, la finca en La Rioja, sus abultadas cuentas y posesiones, el doctor, originario de Venezuela, casi se echa a llorar: “Salimos de mi país huyendo del genocidio chavista y aquí lleváis el mismo camino”.

No es muy original la frase del apreciado hispanoamericano pero sí un reflejo bastante fiel de lo que nos está pasando, de ese macabro juego del potón que todos aceptamos, especialmente, ya les digo, los periodistas, bajo pena de ser sojuzgados por la masa acomodaticia que todo se cree a cambio de bien poco. Tampoco es muy original decirles que, en España, algunas menores pueden abortar sin consentimiento paterno (o materno) o puedes pedir al médico que te mate cuando antes acudías a él para que te curara (con o sin el refresco de cola) pero no puedes comer o, al menos, no se pueden anunciar, refrescos, zumos azucarados, galletas… Kafka, Nietzsche, Quintana Paz, no lo hubiesen mejorado en sus profecías o en sus descripciones, tan reales como actuales.

Es un juego, el juego del potón, en el que, a falta de eliminar directamente personas, ciudadanos, se eliminan derechos, se proscriben libertades, se estrecha nuestro espacio vital. Se avecina la pobreza energética y y ya no hay centrales nucleares, hemos derribado las térmicas, los molinos de las eólicas nos molestan y, ahora, en algunas zonas, van a por las placas solares.

No podemos circular en coche por casi ninguna calle de muchas ciudades pese a que pagamos el llamado impuesto de circulación. Menuda risa me da cuando veo que una plaza se llama Circular y está atascada.

Estuvimos meses encerrados en casa, nos decían en qué municipios podíamos pasear y en cuáles no. Nos decían a qué hora debíamos regresar a casa, qué negocias podíamos abrir y cuáles no, quién podía entrar en un bar y quien no (en Sudáfrica esto no lo mejoran ni con Mandela, ni sin Mandela).

La lista es interminable. Hay que tener cuidado con las palabras que escogemos a la hora de dirigirnos a una señora, señorita, o lo que sea en el imaginario de quienes dirigen el juego del potón. Nos han cambiado el nombre de pueblos y ciudades, han modificado los gentilicios (aquí, tenemos uno que lleva una copulativa, con perdón, en medio) y pronto a esos pueblos tampoco podremos ir porque el combustible está un precio prohibitivo o, simplemente, porque contamina.

Son algunas pruebas-casillas, no todas, faltan muchas, de este juego del potón en el que participan como ganadores todos los partidos políticos, o todos menos uno, lo admito. Es difícil sustraerse al juego del potón, como lo es a la Lotería de Navidad.

Por cierto, que nadie se asuste al final de estas humildes líneas. Un potón es un calamar gigante que habita en las aguas del océano Pacífico. Vamos, lo que viene siendo un calamar de marca blanca. Lo que hace ser pobre.

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