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Publicado por Ángel Cuaresma

Los que llevamos ya unos años, ustedes trabajando en el campo y este humilde columnista informando de ello, conocemos muy bien a las organizaciones agrarias. Tienen sus cosillas, claro que sí, como todos, pero no les negaremos su importancia, influencia, peso, trascendencia… Llámenlo como quieran.

Son muchas las diferencias, y no solo ideológicas, que mantienen con los mal llamados sindicatos de clase y, entre ellas, la primera es su representatividad. Incluso en los peores momentos de ellas, han tenido más afiliados o, al menos, simpatizantes, que aquéllos y sus índices de prestación de servicios y asesoría ganan por goleada a los sindicatos que, a juzgar por sus niveles de consumo de marisco, bien podrían ser cofradías de pescadores.

Eso por no hablar de casos de corrupción que, si bien, escarbando escarbando, alguno podríamos encontrar en las Opas, no parece que lleguen, ni de lejos, a la corrupción estructural que ha salpicado (bueno, en realidad, inundado a chorros) a UGT y Comisiones Obreras en sus décadas de existencia. No en vano, uno de estos sindicatos se llama comisiones.

Es más, las organizaciones agrarias llevan, en su denominación, el indisoluble término de profesionales e, incluso, cuando se busca un sinónimo por aquello de no repetir, se las llama sindicatos. Y eso no es incorrecto porque tienen la rareza de servir los intereses de profesionales que, en muchos casos, son empresarios y trabajadores a la vez. A ver si aprenden los de la clase.

Ya se imaginan que estas pequeñas reflexiones vienen a cuento de la negativa de un vicepresidente que se llama de derechos sociales a reunirse con la parte más importante de esa gran cadena que nace en el campo y concluye en la mesa del consumidor. El vicepresidente, cuyas posesiones privadas y bienes públicos a su disposición empiezan a asemejarse a la Casa de Alba, se ha negado (de hecho, desconvocó la noche previa) a reunirse, sí, con las organizaciones profesionales agrarias mientras sí lo ha hecho con los insignificantes CC.OO. y UGT (insignificantes, al menos, en el campo)

Alguien pensará que casi mejor, que, total, para reducir las peonadas, que darán para otro artículo, o para censurar los usos agrícolas tradicionales y los modernos, pues que no hace falta sentarse a hablar. Pero es que, con ser esta situación grave, que lo es, lo verdaderamente terrible es que estamos ante los primeros síntomas de una enfermedad que nace en Podemos, que estos sí que son fachas, pero fachas de acostarse, y extiende sus ramificaciones por el PSOE y, a poco que les dejemos, por el resto de partidos del arco parlamentario, salvo alguna excepción.

Es un serio aviso de que nos encontramos ante un Gobierno, o al menos la parte más sectaria de él, dispuesta a negar los más elementales derechos, incluido el de supervivencia, a todos los individuos o colectivos que no coincidan con su idea de la vida, que para algunos de ellos es vidorra.

De este modo, hoy son las organizaciones agrarias en particular y el campo en general. Mañana, quién sabe, será otra parte del campo, los toros. Y, pasado, la enseñanza concertada, y toda la enseñanza en lo que concierna a las clases de historia, y la Semana Santa, y los últimos días o meses de la vida de tantos ciudadanos anónimos, y las decisiones médicas…

Dicen que se avecinan malos tiempos para la economía. Quizá no sólo para la economía. Quizá.

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