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Publicado por Ángel Cuaresma

Fíjense si tendrá particularidades Cataluña (hoy llamadas hecho diferencial) que, para analizar sus resultados carnavalectorales hay que poner el foco en los perdedores, no en los ganadores. Y ello por motivos que intentaré explicar.

En primer lugar, no parece muy necesario analizar los resultados de las fuerzas (y qué fuerzas) ganadoras. La victoria independentista, con o sin el PSC-PSOE, con o sin Illa, estaba cantada y ya de poco sirve lamerse las heridas. Son décadas que suponen miles y miles de horas escolares, miles y miles de horas de televisión, cientos de horas de Misa, de reuniones de vecinos, de conversaciones de bar, de compañeros de trabajo… Ni siquiera es necesario amañar las elecciones, como parece se hace por ahí. De modo que lo dicho, no resignarse, que así luego sucede lo que sucede, pero, al menos, asumirlo y buscar soluciones.

Así que vayamos a los perdedores, los que hoy deberían despertar el verdadero interés de todo analista político (je, je) que se precie. El bloque de los perdedores, en el que no todos lo son, tiene especial relevancia por sus efectos en la política nacional. Ah, que no, que no va a tener efectos, que nada va a pasar. Bueno, ya se verá.

Tampoco me detendré demasiado, por mi bien y el de los míos, en el éxito de Vox, que esto casi siempre pasa factura y casi nunca es entendido. ¿Y qué nos queda? Pues los restos. Uy, perdón, se me ha escapado, quería decir el resto de partidos nacionales concurrentes: Ciudadanos y el PP.

Del primero, ganador hace dos años en tiempos de Inés Arrimadas candidata, las encuestas, que no se equivocan tanto como nos dicen, ni siquiera las de Tezanos, pronosticaban una abrupta caída. Ha sido mayor, mortal de necesidad, de politraumatismo severo. Los votantes perdonan muchas cosas, ahí están Illa y sus 80.000 cadáveres para demostrarlo, pero, entre las que no se perdonan, figura el baile de candidatos, aunque, en este caso, los naranjas, hoy pálidos, no fueran los principales culpables. Ya saben, la salida de Lorena Roldán y su aterrizaje con paracaídas en el PP, al que tampoco parece haber ayudado en demasía

Y hablando del PP. Ahí sí ha habido baile de candidatos, casi tantos como Elecciones autonómicas en los últimos años. Y, cada vez que se cambiaba de candidato, cada vez que él elegido se separaba más y más de los postulados fundacionales del partido, mayor era el fracaso. No era ya un baile de candidatos, era un sirtaki alocado, una especie de yenka sólo hacia atrás, de ideas y principios. Resultado: tres escaños, y todos en la asignatura fácil, en la maría, en la circunscripción de Barcelona. Y ya no vale eso de “es que si Vox no se hubiera presentado…”

No parece probable ninguna intervención salida del tiesto de algún barón, ni siquiera de los presidentes Fernández Mañueco y Núñez Feijóo, a saber, lo menos afines al inquilino de Génova, 13 (y tan 13) pero todo esto no es sino la consecuencia de decisiones supuestamente férreas, a saber, la fulminación de Cayetana Álvarez de Toledo, que hubiera sido una buena candidata en Cataluña y, sí, no lo ocultemos, la postura del partido ante la moción de censura de octubre.

Los resultados de la otra noche son una especie de dulce venganza, de justicia poética, de un “¿Ves?, ya te lo dije, Pablo”. Porque, mientras sus palmeros tuiteros, o tuiteros palmeros, jaleaban aquella dura intervención de Casado versus Abascal, equivocándose así de enemigo, ni los palmeros tuiteros, ni los tuiteros palmeros, se daban cuenta de lo que estaba sucediendo, de lo que se estaba cavando. Sí, sí, he dicho cavando.

Volvamos a aquella mañana de otoño. No digo yo que el PP tuviera que apoyar la moción y votar ‘Sí’. Ni siquiera digo que la abstención hubiera sido esa postura centrada que tanto les pone y tanto les quita. Bastaba con un ´No´ a la moción pero ahorrándose aquel discurso que sólo sirvió para los elogios interesados de los oportunistas de guardia.

Oportunistas que, este domingo, ya antes de conocerse los resultados, abandonaron la garita y ya buscan soldada en otro ejército.

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