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Publicado por Ángel Cuaresma

De todas las muestras de apoyo a los ‘tejeros del 17’ escuchadas estos días, probablemente la que más repele es la del compañero del metal. Repele por lo que supone de traición, una más, a los principios básicos del sindicalismo igualitario, y repele por lo que significa de sumisión patológica al establishment por un quítame allá un langostino.

Me explico: uno, en su ingenuidad, pensaba que la Internacional aún significaba algo. Que la Internacional, en sus diferentes versiones, convertida en icónico himno de la izquierda, tenía una traducción. Y ésta no era otra que anteponer los intereses de la clase trabajadora a su origen o lugar de residencia. De esta forma, el llamado internacionalismo estaría llamado a defender a los trabajadores frente a otros movimientos, florecientes como el sindicalismo en el siglo XIX, que valoraban más el concepto de patria y/o nación. Algo así como estar con todos los trabajadores del mundo, con los parias de la tierra, frente a la burguesía y a aristocracia, hoy convertidas, respectivamente, en clases media y alta.

Pues no. Hoy, en la España de Sánchez y José Álvarez (yo no tengo suficiente confianza con él para llamarle Pepe), los intereses que priman son, al parecer, los regionales. Y, de este modo, el veterano compañero del metal reconvertido en cliente asiduo de un club gourmet, no hace sino ponerse del lado de la desigualdad y prefiere estar más cerca de la burguesía catalana que de los trabajadores de Castilla y León.

Porque no otra cosa sino desigualdad es lo que pretenden los independentistas catalanes, los falsamente dormidos independentistas vascos y, por extensión, los más moderados defensores a ultranza del estado de las autonomías: crear regiones de primera, de segunda y de tercera o, lo que lo mismo, generar abismales diferencias entre los trabajadores y, por supuesto, entre los servicios públicos que reciben.

De este modo y en ese afán, el compañero José, al que no se mueve un musculo ni cuando se pincha la yema de los dedos con las cigalas, se suma a esa corriente de políticos, periodistas y demás que se ha leído el manual de Ferraz. El último capítulo de éste consiste en hacernos repetir hasta la saciedad que impulsar, que en realidad es de lo que se trata, el delito de sedición es mejorar la convivencia (¿se imaginan justificar el 23-F en aras a la convivencia entre españoles?), argumento que, por cierto, están repicando con mayor fruición algunos medios que los propios políticos socialistas a los que iba dirigido el argumentario.

El segundo mantra de estos días es hacernos creer, porque tampoco nos vamos a poner a mirarlo, claro, que la decepcionante iniciativa legislativa nos equipara a eso que se llama países de nuestro entorno, que nunca sé si se refiere a Portugal y Marruecos o a la Europa occidental.

Pues qué quieren que les diga, que no veo yo a ninguno de esos países de allende (con perdón por lo de allende) nuestras fronteras favoreciendo, suavizando o mejorando las condiciones de quienes se atrevan a atentar contra la unidad de esas naciones, siquiera sea un poquito.

Y mucho menos, por qué no decirlo, en Qatar, país que se pone de moda estos días y al que Sánchez y sus socios han enviado como líder a otro sedicente. Pero de ése ya hablaremos otro día.

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