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Publicado por Ángel Cuaresma

Parece que llegará la normalidad, es decir, la desmemoria, a esta inmensa prisión en que han convertido a España. Una cárcel en la que los guardias no usan látigo de nueve colas sino de una sola coleta. Una fortaleza blindada a base de miedo y multas en la que, y está feo autocitarse, la curva se doblega cuando el mando único, ese que ha acabado con el Estado de las Autonomías, quiere y como quiere.

Digo asío porque este humilde columnista es de los que sostiene que el virus, al menos, en su parte estadística, que es la más fría, se combatirá cuando el Gobierno decida, y éste, que para algunas cosas es listo, es consciente de que la situación ya no aguanta más, ni la económica, ni la social, y hay que empezar a abrir. Y, para ello, no se le ha ocurrido nada mejor que dejar de contar. Y así, modificando los criterios, no contando ni los muertos en residencias, ni los fallecidos en domicilio, ni los sospechosos, ni los test serológicos, hemos tumbado la curva.

Las consecuencias, ya las conocemos: podemos ir a un hotel que esté cerca de casa aunque, eso sí, tenemos que ir ya cenados y levantarnos temprano para ir a desayunar (lo de reservar el hotel en la misma provincia es por si nos echan de asa, digo yo); podemos viajar cien kilómetros dentro de nuestra provincia pero no cinco si el pueblo de al lado está en otra demarcación; hemos podido dormir encerrados con nuestro seres queridos pero no pasear con ellos a aire libre; podemos, podemos, podemos… En fin, que ese es uno de los problemas, podemos.

El sentido común, chascarrillos, memes y otros conceptos susceptibles de ser censurados aparte, no faltan las voces, muy tímidas, eso sí, que estos días han dudado de la constitucionalidad de las medidas de alarma que, dicen, se han confundido con las de un posible estado excepción, si no de sitio. Anécdotas, dejémoslo en eso, se cuentan por cientos y las autoridades, tan valientes ellas, se han encargado de difundir a bombo y platillo los casos de picaresca que han proliferado por los rincones y que el Ministerio del Interior, que es el ministerio por antonomasia, se ha encargado de lanzar a los cuatro vientos para que parezca que son los modestos ciudadanos los culpables de los 25.000, 35.000 ó 40.000 muertos.

Miren, solo un ejemplo: una señora que fue cazada desde un helicóptero paseando en campo abierto lejos del casco de su pueblo. Un crimen, supongo, contra los trigales verdes. Y digo yo, ese helicóptero no estaría mejor trasladando pacientes de la UCI de Soria a la de Burgos, o de un saturado hospital de Segovia a Valladolid. Sí, sí, ya sé que es demagogia pero todo se pega.

Al final, a poco que empecemos a salir y a trabajar, todo se olvidará en esta España que tanto me recuerda a Cecilia y que oculta sus muertos y sus enfermos a base de aplausos forzados. Te dicen cuándo, dónde y cómo tienes que aplaudir. Es esta España que festeja sus muertos bailando en balcones y terrazas, que padece, además del Covid 8M, una crisis aguda de síndrome de Estocolmo encerrada entre cuatro paredes.

No se lo reprocho pero, qué van a hacer nuestros ciudadanos presos sino consumir horas y horas de televisión en abierto, si es que alguien ve ya estos formatos. Qué buena es la hermana Administración, que buena es que, desde hoy, nos lleva de excursión.

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