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Publicado por Ángel Cuaresma

La absurda e inviable medida de circular a 30 kilómetros por hora, o menos, por las calles de doble sentido de las ciudades de España es una de esas decisiones cargadas de mala fe que toman las administraciones y que, de manera consciente o inconsciente, perjudican a muchos y a nadie benefician. Para sacarla adelante, sus instigadores necesitan la complicidad de los ayuntamientos, siempre tan dispuestos a colaborar con administraciones de otro signo político cuando se trata de fastidiar, y cuentan con la comprensión de muchos de quienes tienen que informar de ello, también siempre atentos a caer simpáticos y creerse y hacernos creer que son gigantes cuando en realidad se trata de molinos.

El caso es que, gigantes o molinos, pigmeos o aceñas, la medida, tan desmedida como arbitraria, no tiene por donde asirse y los argumentos utilizados para imponerla (como si necesitaran argumentos) se caen de maduros. En primer lugar, nos dicen que mejorará la seguridad de los peatones (mejoraría más si todos nos quedamos en casa) que es tanto como admitir una evidencia: los viandantes suelen hacer de su capa un sayo, se pasan las normas por el forro de sus alpargatas y campan a sus anchas por las calzadas. Y mucho de cierto hay en esta posibilidad. Lo malo es que, ahora, con las calles cada vez más hostiles para el conductor, los peatones van a tener que esforzarse más en buscar y cruzar por los lugares no indicados, localizar esquinas sin semáforos y huir de las rayas cebra para cruzar, que es lo que suelen hacer. ¿Por qué gastan tanto dinero los municipios en semáforos y pasos si los peatones tienden a escapar de ellos?

El otro argumento, el de la contaminación, es aún más falaz. No hace falta saber mucho de mecánica para entender que, a 30, casi todos los vehículos consumen más que a 50 , renquean más, sobre todo si vas en tercera (ellos son más de segunda, claro) y la vida útil del motor se acorta considerablemente. Hombre, ya he encontrado un beneficiado: los talleres de reparación.

Al final, estanos en lo de siempre, se castiga a todos pero, especialmente, a quienes, mañana a mañana, tarde a tarde y noche a noche, van (vamos) a trabajar, a llevar a nuestros hijos al colegio, al médico… en un absurdo intento de hacer la vida más fácil, que tampoco lo logran, a quienes, de manera merecida o inmerecida, no tiene más labor que hacer que pasear, provocar y encararse con los conductores, sabedores de que, ante cualquier conflicto, el guardia de la porra se va a poner de su lado. Pues bien, hasta éstos, más pronto que tarde y en momentos cruciales, van a necesitar un coche.

Es mala cosa eso de enfrentar a peatones y conductores. Los coches, incluso los particulares, incluso los de gasóleo, incluso los de alta gama, llevan personas, no extraterrestres, y no es cuestión de hacer números pero, vamos a ver qué pasa si, una vez más, les entorpecemos su vida laboral, les impedimos llegar a sus fábricas, les dificultamos repartir los paquetes, cerramos el paso a los vehículos de urgencia y sellamos centro y barrios. A lo peor, no llegamos a tiempo de salvar a un peatón.

Todo esto me recuerda mucho al chiste del gallego. Ya saben: “Si muero en La Coruña, que me entierren en El Ferrol; si muero en El Ferrol, que me entierren en La Coruña”. “¿Por qué?”, pregunta el notario. “Por nada. Por joder”.

 

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