Imagen de la bodega Dehesa de los Canónigos
Imagen de Ángel Cuaresma
Publicado por Ángel Cuaresma

La celebración del 25 aniversario de la bodega Dehesa de los Canónigos fue, sin duda, uno de los acontecimientos sociales más relevantes que se han producido en Castilla y León en mucho tiempo , e incluyo en esta descripción no sólo al sector vitivinícola o agroindustrial. Entre 500 y 600 invitados se dieron cita en esta emblemática finca, como siempre la han llamado sus propietarios, ubicada a pocos kilómetros al oeste de la no menos emblemática localidad de Pesquera de Duero, corazón, cerebro, eje, epicentro y todo lo que el lector quiera añadir de una Ribera en la que hay mucho oro rojo aunque no sea tal todo lo que titila en las copas.

No faltó nadie, ni del mundo de la política, ni de la agricultura, ni del periodismo, y todos coincidieron en que no se trataba sólo de reconocer el prestigio de una gran firma comercial, que también, sino de rendir homenaje a una familia, los Sanz Cid, cuyo mayor mérito no es producir uno de los grandes vinos del mundo, ni siquiera el de aportar riqueza, empleo y bienestar a la comarca en la que se asientan o de pasear el nombre de Castilla y León allá por donde van. Qué va. Con ser eso importante, lo que de verdad aquella tarde-noche todos pusieron de manifiesto es que lo mejor de esta modélica familia es su sonrisa, ese carácter afable y sencillo de las gentes de nuestra tierra, que abren su casa, en este caso su bodega, siempre con el mejor de los gestos.

Aznar, Lucas, Herrera, Ruiz Medrano, Clemente, Villanueva, Del Olmo, León de la Riva… No todos tuvieron ocasión de intervenir en la parte institucional del acto pero, quienes lo hicieron, insistieron en esta especie de hecho diferencial que es la simpatía de los anfitriones.

Y es que, en este mundo del vino tan importante para nuestro PIB, no sólo se vive, y menos en estos tiempos difíciles, de las rentas de una marca de prestigio conseguido en aquellos años en los que todo iba sobre ruedas. Hoy, las cosas son un poco más difíciles para todos y así, frente a los señores de la Villa que viven entronizados en su castillo, los Sanz Cid han sabido aderezar sus caldos con más que aceptables dosis de simpatía; frente a vinateros a los que el dinero fácil ensoberbeció, esta familia ha embotellado añadas de humildad; frente a marcas quizá más conocidas pero no por ello mejores, Dehesa de los Canónigos tiene tres vinos jóvenes, los nietos; cuatro crianzas, los hijos, y dos reservas, Luis y Mari Luz, a los que seguiremos viendo por las calles de la Ribera, pero también por la ciudad, sin llamar la atención, parándose a charlar en cualquier rincón de nuestro Valladolid.

Dehesa de los Canónigos, sus creadores, sus gestores pasados, presentes y futuros, no son fruto de un máster de quince días, ni de una inversión estelar. Son el resultado de 25 años de amor a la tierra. Es trabajo e inversión, aquí y de los de aquí, ahora que están tan de moda las inversiones de fuera, que no debemos rechazar pero que tampoco tienen  que significar el desprecio para los que siempre han dado el callo en esta tierra.

Soy testigo, como otros colegas, de que también hay malos momentos, de que a veces, más de las que uno quisiera, la meteorología se tuerce y, como en toda actividad agraria, te juega malas pasadas. ¿Qué hace Luis, entonces? ¿Qué hacen los suyos? Es hora de tomar decisiones y actúan de manera honrada: “Si la uva no tiene suficiente calidad, pues este año no se hace vino y a esperar al siguiente”. Actitudes como esta son las que han dado prestigio a un sector, a una Denominación de Origen y, por extensión, a toda una Comunidad aunque generalizar puede ser injusto.

Deseamos larga vida a la familia de la Dehesa, de la finca como ellos, insisto, siempre la han llamado. Y, como dijo Juan Vicente Herrera, si ello va acompañado de la cuenta de resultados, mucho mejor.

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