
Las manifestaciones de este 1 de mayo, en el que Gobierno y sindicatos han salido juntos a la calle en contra de la oposición, son una ocasión de oro para reflexionar sobre la situación en la que quedan las que en su día fueron centrales mayoritarias.
De entrada, y para evitar síncopes, ataques de ansiedad y otros síntomas con que cursan lo que ahora se llaman haters, no está en el ánimo de este humilde columnista cuestionar la existencia, mucho menos la legalidad, de los otrora considerados sindicaros de clase. Antes bien, no es quien esto escribe, ni ningún otro periodista, de los que hablaremos líneas después, el culpable de la desesperada situación a la que ahora se ven abocadas UGT Comisiones Obreras y sus múltiples federaciones y/filiales. Y no precisamente económica, ni mucho menos.
La encrucijada, crisis, por no andarnos con rodeos, es mucho más profunda pero, al tiempo, bastante sencilla de explicar. Los sindicatos están ahí, su existencia reconocida y garantizada, afortunadamente, por la Constitución, pero su utilización, por supuesto, no es obligada. Y en esas estamos.
Es verdad que corren tiempos de bajos salarios, y más que van a bajar en muy breve espacio de tiempo a tenor de las nuevas incorporaciones al mercado laboral; es verdad que, en los últimos años, se han flexibilizado las opciones de despido u otras formas de rescisión de contratos; es verdad que nuestros jóvenes, especialmente los de mayor titulación, emprenden retos profesionales fuera de España. Pero, en paralelo a estos y otros muchos problemas laborales, los trabajadores, y sobre todo los más afectados por ello, se han distanciado de los sindicatos, al menos de los tradicionales, y lo han hecho a pasos agigantados.
Tal distanciamiento se ha traducido, claro está, en un desplome de las afiliaciones y, por ende, de los ingresos, que UGT y CCOO se empeñan en paliar vía subvenciones públicas, lo que en Castilla y León se conoce eufemísticamente como Diálogo Social, que escribo con mayúscula porque aquí, agárrense, está regulado por Ley para que a los políticos no les monten ni una huelguecita.
Pero, a este descenso de afiliaciones y de ingresos, se suma otro no menos grave (bueno, menos grave, sí, porque lo que les importa de verdad es la guita) que es el desprestigio. A nadie se le escapa que, en todas las encuestas, instituciones o colectivos como los políticos, la Iglesia, la Monarquía, aparecen casi siempre mal paradas. Hagan la prueba y pregunten en su entorno por los sindicatos y verán lo que les dicen.
Y les aseguro que no es culpa, ni de lejos, de los medios de comunicación pues en éstos, al menos en los formatos tradicionales, los viejunos sindicatos siguen teniendo los mejores y casi únicos aliados, y digo casi porque ya les digo que sigue existiendo eso del Diálogo Social. Entre casta (y caspa) se entienden.
No sé cuál es la solución pero, desde luego, ésta no pasa por regarles con decenas y decenas de millones de euros por mucho que el marisco, fuera del alcance de la mayoría de las familias, esté muy caro
Blog de