Ana Asorey Vales tiene una explotación con 110 frisonas estabuladas, alrededor de 60 en ordeño, en la granja que comparte con su marido en Botos, una aldea cercana a Lalín (Pontevedra) donde vive la pareja con sus dos hijos pequeños. Pero el campo no le era ajeno antes de trabajar en él. Ana nació en Cello, otra aldea de la zona, y sus padres también tenían una granja de vacas de leche. Quizás por eso, cuando unos familiares de Madrid fueron a visitarles y les enseñaron la granja, se sorprendieron muchísimo al ver el nivel de profesionalización. “Se pensaban que todavía ordeñábamos a mano como hace cuarenta años”, dice.

Fuente: www.upa.es

Como mujer rural y ganadera, cuando ves los contenidos de los medios de comunicación en los que se representa a mujeres o van dirigidos hacia ella, ¿te sientes representada?

A veces sí. Es cierto que no hablan mucho de nosotras, pero cuando lo hacen siempre dicen que tenemos una vida muy esclava y es totalmente cierto. Pero me gustaría que hubiera más contenido pensado para las mujeres rurales. Me refiero a que se tratase con más frecuencia nuestros problemas, nuestros intereses… Igual así vería más la televisión (ríe).

¿Cómo es tu día a día?

Soy madre de dos niños, una niña de 8 y un niño de 6 años, así que empiezo el día preparándoles para ir al colegio y llevándoles a la parada del autobús que les dejará en el colegio. Tanto mi marido como yo trabajamos en la explotación, así que después de dejar a los niños me voy a ordeñar a las vacas. Cuando terminamos con esto nos dedicamos a la alimentación de las terneras y otros trabajos de la granja. Por la tarde recojo a los niños en la parada del autobús y les ayudo a hacer los deberes. Luego vuelvo a la granja para el ordeño de las 7 de la tarde. A veces llevo a mis hijos conmigo. A mi hija le gustan más las vacas que a mi hijo.

¿Alguna vez te has topado en una situación machista en el desarrollo de tu trabajo?

No. Nadie me ha hecho de menos en mi trabajo, pero es verdad que a veces hay tareas físicas que no puedo hacer y se tiene que encargar mi marido. Pero esta no es una percepción, es un hecho.

¿Hay, por el contrario, alguna parte de tu trabajo en la que te beneficie ser mujer?

Sí. Por ejemplo, yo he comprobado que a las mujeres se nos da mejor el ordeño que a los hombres. Creo que estas diferencias son buenas, nos hacen complementarnos y formar un buen equipo.

¿Cuál es el principal problema al que os enfrentáis en vuestra explotación?

El bajo precio de la leche, especialmente si se tiene en cuenta lo sacrificado que es este trabajo y la alta calidad de nuestra leche. Nosotros vendemos la leche a la cooperativa. Son ellos los que firman los contratos con la empresa. Nosotros producimos más o menos 1.500 litros de leche al día. Imagina cuánto significa esta cantidad para la industria a la que va a parar mi leche. Nada. Para ellos esta cantidad es como una gota. Pero cuando todos los productores nos juntamos con nuestros 1.500 litros, ahí es otra cosa. Ahí es cuando podemos hacer algo de presión. También cuando compramos todos juntos nuestros inputs.

Con el asociacionismo sucede igual que con el cooperativismo, juntos somos más fuertes. Imagina cómo sería intentar alzar mi voz desde mi granja… Mis problemas y mi punto de vista no llegarían a las Administraciones, los medios de comunicación o el resto de sociedad.

¿Participaste en la huelga láctea de 2015?

Sí. Fue impresionante. Aquello fue cosa de mucha gente muy involucrada. Todos teníamos la esperanza de cambiar algo. Pero al final nada. Creo que no se consiguieron los objetivos que se buscaban, porque los precios están en una situación similar a la que nos llevó a la huelga aquel año. Lo que no están igual son los gastos. Todo ha subido. El forraje, la electricidad, el gasoil… En definitiva, no es tolerable que la leche tenga el mismo precio desde hace años, mientras los costes siguen subiendo.

¿Tuvisteis problemas en tu zona con los incendios que arrasaron Galicia en octubre del año pasado?

Sí. Nosotros mismos pasamos una noche en vela. Tenemos la granja en una zona rodeada de bosque y llegamos a pensar que podíamos perderla. Aquella noche ya nos habíamos ido de la granja. Eran las 10 cuando sonó el teléfono y nos dijeron que había un incendio cerca. Era una noche de aire loquísimo, teníamos miedo de que el fuego cruzase el río.

Mi marido, la familia, los vecinos… Todo el mundo luchó contra el fuego durante toda la noche. Yo me quedé en casa con los niños porque eran muy pequeños para quedarse solos. Aunque no pude pegar ojo, aquella noche fue una auténtica pesadilla. Al final nos salvamos porque el fuego no consiguió vencer el cortafuegos natural que forman el río y el bosque de especies autóctonas gallegas (robles, castaños…), que tardan más en arder.

Se habla mucho de la necesidad o no del consumo humano de leche de vaca y también de que, supuestamente, sienta mal al organismo. ¿Qué les dirías a los consumidores?

Lo primero y lo último que les diría es la verdad. Empezando por definir qué es leche. El vocabulario es importante. La leche procede de los mamíferos, no podemos consentir que se llame leche a las bebidas vegetales. También les recordaría que la leche ha sido un producto ligado a la humanidad. Toda la vida se ha tomado leche. Por tanto, habría que plantearse qué intereses están detrás de las críticas que hay ahora de repente hacia la leche.

Por último, ¿cuánto de verdad hay en esas críticas? A mí me parece que tenemos que ser sensatos y escuchar a los especialistas. No puede ser que nos creamos lo que dice cualquiera sobre salud. Como madre, en cuanto a la salud de mis hijos yo solo me fío del pediatra. Por tanto, me parece que esta es la lógica que todo el mundo debería seguir.

Artículo publicado en el número 271 de la revista oficial de UPA “La Tierra del agricultor y ganadero”

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