Ha pasado el siglo XX y Castilla no se sacude el estereotipo noventayochista de la llanura infinita poblada por un mar de cereal. Pero Castilla y León es mucho más que Tierra de Campos. Hoy hay en Castilla y León tres millones de hectáreas arboladas y dos millones de hectáreas de cereal.

Desde 1926 las administraciones españolas han desarrollado planes de repoblación forestal que hoy se han convertido en importantes masas arboladas de gran valor natural, pero también de gran valor económico y social. Esas masas tienen un ciclo vital en torno a los 80 o 100 años, y la mayoría de ellas ya han llegado a la segunda mitad de ese ciclo. A partir de estas edades son masas que no requieren inversión, sino decisión para intervenir: la madera está ahí, esperando a perderse en el primer incendio o a ser aprovechada antes, creando empleo y aportando ingresos a las entidades locales. ¿Cuánto empleo y cuántos ingresos?

En el municipio segoviano de Navafría hay un monte de 2.500 hectáreas. En él se lleva más de un siglo desarrollando una gestión forestal ordenada y sostenible. Gracias a esa continuidad en la gestión conocemos muchos datos. Así, en 1895 el pinar tenía una biomasa leñosa de 256.000 toneladas. En 2012 se había duplicado y tenía 510.000 toneladas; había muchos más árboles y más grandes. ¡Pero es que además en ese tiempo se habían cosechado 873.000 toneladas de madera, el triple de lo que había inicialmente! Son cifras a primera vista milagrosas, pero que solo son el resultado normal de la gestión sostenida y sostenible de un recurso natural renovable. La media anual de extracciones de madera se ha triplicado desde las 4.500 toneladas a principios del siglo XX a las 13.500 actuales. Además el monte ha retirado de la atmósfera 1.400.000 toneladas de CO2, y actualmente está retirando 17.000 toneladas al año.

Un Ayuntamiento que sea propietario de un pinar de 1.000 hectáreas con una productividad media-baja puede sostener cinco empleos con los ingresos de la madera del monte. Anualmente ingresaría unos 170.000 € por las ventas de unas 4.000 toneladas de madera de distintas calidades, y tendría que asumir gastos de mantenimiento del monte por importe de unos 120.000 €, con un saldo favorable de 50.000. De esos 120.000 € de gastos la mitad correspondería a trabajos que exigen disponer de maquinaria o personal especializados, pero la otra mitad se puede acometer con personal local sin especialización (podas, desbroces, mantenimiento de caminos). De esta forma el pueblo podría optar por contratar sólo 60.000 € a empresas externas y utilizar los 110.000 € restantes para mantener cinco empleos. Esos cinco empleados tendrían que dedicar aproximadamente la mitad de su tiempo a esos trabajos sencillos de mantenimiento del monte, y el resto estaría disponible para cualquier otro trabajo que requiera el municipio.

Pero el monte estaría creando aún más empleo. A esos cinco empleos para personal local hay que añadir otros 800 jornales al año (unos 4 empleos a tiempo completo) para trabajos especializados en el monte, que se traducen en actividad para empresas de la comarca o la región, como maquinistas, servicios forestales especializados, tractores o motoserristas. Todos ellos a  su vez generan de forma indirecta actividad adicional en la comarca (alojamiento, talleres, suministros, etcétera).

Con estas cifras resulta evidente el papel que pueden jugar los aprovechamientos maderables frente a la despoblación. Un monte arbolado en explotación mantiene de forma directa nueve empleos no deslocalizables a tiempo completo, ligados al territorio,  en comarcas rurales y con repercusión directa sobre la financiación de servicios a los vecinos. El aprovechamiento maderable de estos montes está en el mismo orden de magnitud que las actuales explotaciones agrícolas de secano en cuanto a sostenimiento de empleo por superficie.

Pero a diferencia de las explotaciones agrícolas de secano el monte genera otros ingresos y actividades económicas, como la caza, la ganadería o las setas, además de externalidades ambientales positivas, como la captura de CO2, la prevención de la erosión, la regulación hidrológica, el escenario para las actividades de ocio o el hábitat faunístico.

Alfredo Rodríguez Garagorri, Decano del Colegio de Ingenieros de Montes en Castilla y León

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