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Publicado por Jesús Molpecere...

Los investigadores y científicos tienen una máxima que no por repetida pierde vigencia ni validez a la hora de poder concluir con éxito sus trabajos: la experiencia es la base de la ciencia. No hay lección mejor aprendida que la que nos inculca aquello que hemos podido comprobar por nosotros mismos.

Este verano y perdón por la auto cita, he tenido la oportunidad de viajar por algunos de los países que forman nuestro entorno común europeo. He visitado Bélgica, Holanda y una pequeña incursión en Alemania.

No voy a describir ni relatar el contenido cultural, artístico ni social de aquellos lugares porque caería en la tentación de la opinión personal como base de mi análisis y de todos es sabido que para gustos están los colores.

Pero no me resisto, por principios y por deformación profesional, a comentar algunos aspectos referentes al mundo agropecuario que he visto y cuya comparativa con nuestro entorno hacen plantearme si realmente hacemos todo lo que está en nuestra mano para mantener a nuestro sector primario.

Que en esa “otra Europa” haya superficies inmensas de pastizales inagotables, o de patatas de casi un metro de altura, o de maíces que llegan al cielo o de remolachas donde si se te cae al suelo el abrigo lo tienes que dar por perdido y todas ellas sin necesidad de gastar un solo euro en riego, es algo a lo que irremediablemente te tienes que acostumbrar y/o resignar por mor de una climatología que viene impuesta por la situación geográfica de cada cual. Hasta aquí, con los dientes muy, muy largos, soy capaz de asumir.

El problema, a mi juicio (al final es inevitable la opinión personal), surge cuando compruebas cómo ellos son capaces de transformar y comercializar productos cuya calidad dista mucho (salvando lo de los gustos y colores…) de la que ofrecen los nuestros también a causa de una climatología que, al menos en eso, sí nos permite tener un marchamo diferenciado.

Tendría casos particulares para aburrir con la lista al más paciente pero me voy a centrar en uno de los productos que más me llama la atención por su popularidad e importancia: el queso. En mi casa somos consumidores habituales de queso y principalmente de queso de oveja. Lo hay curado, semicurado, tierno, para untar… lo hay puro, mezclado con leche de vaca e incluso de cabra. Todos ellos son capaces de complementar el mejor de los menús haciendo las delicias de los gustos más diferentes y refinados. Dicen y no les falta razón, que el sabor del queso embriaga los sentidos con tal intensidad que camufla incluso el sabor del vino mediocre y lo vuelve de aparente mejor calidad.

Cuando en estos países compruebas que las ovejas apenas existen y las pocas que se ven ni siquiera se ordeñan, te planteas cómo puede ser que el queso en sus infinitas versiones de sabores y colores, puede ser uno de los productos más vendidos y reclamados por los turistas.

Yo no estoy habituado a comer quesos de sabores desconocidos. No me llaman la atención aromas añadidos a la leche para conferir al queso cualidades más propias de otras especialidades culinarias. Y por encimas de todo, ¡no estoy preparado para comer queso naranja¡

En nuestra querida España es difícil encontrar, en zonas turísticas, tiendas especializadas en venta de quesos. La gente no se hace fotos en escaparates repletos de quesos de dimensiones inexplicables (no creo que nadie se compre uno entero) o de colores y presuntos sabores casi incomprensibles. ¡O lleno de agujeros! ¿Os imagináis comprar un buen queso de oveja y al abrirlo descubrir que está hueco?

Una vez más vamos a la zaga. Mientras nuestra cabaña ganadera agoniza vemos cómo en otros lugares no tan alejados son capaces de sacar y nunca mejor dicho,  leche de un botijo.

Mientras nuestra leche se esparce por los suelos como gesto de desesperación de sus productores y el precio vuelve a batir records a la baja, las vacas holandesas y belgas son capaces de producir leche de colorines y sus espabilados dueños, con el apoyo incondicionado de sus gobernantes, una vez más nos la vuelven a dar con queso.

Un saludo.

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