niscalos, botes, conservas, invierno
Imagen de Jesús Molpeceres Picón
Publicado por Jesús Molpecere...

Septiembre ha sido, tradicionalmente, un mes de inflexión en el calendario agrícola castellanoleonés. Atrás quedaban los últimos coletazos de las eras. Quizás solo una última barrida para quedar el empedrado limpio y preparado para la llegada del invierno y evitar el nacimiento de los granos más rezagados. Las vides ya se liberaban de su pesada carga y el preciado jugo ya pasaba a formar parte del paisaje oculto de las bodegas artesanas. Los cultivos de regadío, en el ocaso de su ciclo vegetativo, esperaban pacientes a una recolección más que inminente solo condicionada por los caprichos del clima. Los rastrojos, una vez cumplido el inexorable plazo del aprovechamiento ganadero (hoy innecesario, por desgracia, en la mayoría de los municipios), intuían la inevitable visita del implacable arado, preludio del inicio de la nueva cosecha. Septiembre cambiaba, además del color de nuestro paisaje, el ritmo de las cosas. Y además proveía del néctar líquido suficiente para la aparición, a los 21 días más o menos,  de los sabrosos sombreritos naranjas (nícalos, que no níscalos, para la mayoría de nosotros) en nuestros pinares.

Pero hay algo que era y es absolutamente imperativo para que todo vuelva a sorprendernos y, a la vez, a ser lo mismo de siempre: la lluvia. Solo con el aporte imprescindible de agua y con la anticipación suficiente a las heladas, el milagro del cambio puede producirse con unas mínimas garantías de éxito.  

Después de uno de los años menos lluviosos de la última década, después de una de las peores cosechas y antes de una de las peores perspectivas agrarias en nuestro campo regional, yo me pregunto… ¿y si no llueve, qué vamos a hacer?

A estas alturas todo el mundo parece dar por amortizado este mal año agrícola. No ha habido cosecha, los agricultores se han lamentado por ello, los seguros (a quienes les tuvieran) han pagado sus indemnizaciones y… ya está, se acabó todo. Pues no es así, el año agrícola ha hecho todo menos acabarse.

El turismo español ha batido este año sus mejores cifras de ocupación. Los beneficios han alcanzado cotas de ensueño para sus propietarios. Yo me alegro mucho de esta noticia, pero  no me consta de ningún establecimiento hotelero que haya tenido que cerrar sus instalaciones, total o parcialmente, por falta de agua. A ninguno se le ha obligado a reducir su capacidad de explotación o a cerrar servicios ante la extrema sequía que padecemos. Tampoco he visto ningún campo de golf seco ni ninguna playa sin duchas generosas e inagotables para limpiar los cubos y las palas de arena de los nenes. 

El ciclo del agua que todos hemos estudiado en el colegio empezaba en el suelo, posteriormente se evaporaba a las nubes y, finalmente volvía a caer en forma de lluvia. Pero los pantanos siguen menguando sus reservas. Los bosques que atraían las nubes van desapareciendo poco a poco bajo la incomprensible mano de los pirómanos y las replantaciones forestales forman ya parte de un pasado económico más holgado. ¿Alguien da más? El panorama se me antoja desolador.

El agua es un bien común pero su reparto está muy lejos de ser equitativo. Ni siquiera los agricultores somos solidarios cuando otros colegas nos imploran un poco de ayuda. Mientras tanto los organismos oficiales, siempre prestos y colaboradores, han descubierto el filón de la denuncia. Somos una presa fácil.

Espero que este mal presagio se torne en optimista con la llegada, por fin, de la ansiada lluvia a nuestros campos.  A Septiembre le queda poco tiempo para resarcirnos, en parte, de su tacaña aportación de este año pero le perdonaríamos hasta su tardanza si al final cumple con su histórico cometido aunque tenga que apoyarse en el vecino Octubre.

Ojalá haya suerte aunque mucho me temo que este año, una vez más y no creo que sea el último, vamos a tener que comer níscalos de bote.  Un saludo.

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