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Publicado por Ángel Cuaresma

El debate sobre el boicot o no a los productos catalanes, que, de ser defendido, que no es el caso, podría extenderse a las comunidades que gozan de privilegios fiscales o de otro tipo, es recurrente cada Navidad. Y este año, por cuestiones obvias, su virulencia es mayor.

Por mucho que se empeñen las instituciones en defender que la compra de productos catalanes, vascos, navarros o de donde se quiera beneficia a toda España, la batalla de los bienpensantes me temo que está harto perdida toda vez que el argumento es el mismo parea quienes defienden el bloqueo, es decir, que la compra de bienes procedentes de las otras catorce regiones también beneficia toda España y como, al final  hay que elegir, pues optamos entre estos últimos. En fin…

Estas fechas, plagadas de comidas, cenas, aperitivos y celebraciones, en su mayoría vinculadas a la gastronomía, la cuestión afecta a los vinos espumosos, estén o no acogidos a la denominación cava, que son, a fin de cuentas, el ingrediente que más se identifica con Cataluña. Aquí, en Castilla y León, no creo que el boicot vaya a ser tan oneroso puesto que nuestras burbujas son bastante corrientuchas y no falta quien, en un alarde de regionalismo de última hora, se ha decantado por los espumosos de la tierra y ha visto aguada (es una forma de hablar) su celebración.

Esto me lleva al no menos recurrente asunto de nuestros caldos. No insistiré, para no aburrirles, en la satisfacción que le entra a uno, viajando por España y por el mundo, viendo una más que significada presencia de blancos de Rueda y rosados de Cigales y el cuerpo que se le queda cuando las estanterías de los tintos están copadas por los Rioja mientras los Ribera, ni están, ni se les espera.

Al hilo de esto, y hablando de celebraciones, hace pocos días disfrutaba con un grupo de amigos de una de estas invitaciones prenavideñas cuando, al anfitrión, se le ocurrió obsequiarnos con un Rioja de aceptable añada. En seguida, alzaron su voz los más críticos: unos, por el antecitado patriotismo regional; otros, simplemente, apelando a la supuesta calidad de unos y otros; los terceros, con un argumento más simple pero más definitivo, algo así como “es que el Rioja no me gusta”.

Al final, tras el primer decantado, el consabido baile del líquido para fingir sapiencia, la contemplación de la lágrima que nadie ve y el primer sorbo, todos, incluso los más reticentes, concluyeron que el Rioja estaba bueno.

No nos cerremos, abramos nuestras papilas gustativas y el resto de sentido porque, por otra parte, qué sentido tiene defender a quien ni siquiera se defiende a sí mismo.

Felz Navidad y próspero año nuevo.

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