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Publicado por Ángel Cuaresma

Fue Georges Bernanos, en su obra “Diario de un cura rural” (1936), un pionero a la hora de retratar, sin acidez, de manera blanca, casi inocente, la vida de un sacerdote en la campiña francesa, en unos pueblos idílicos, o no tanto, en los que la actividad agrícola y la comercial presidían buena parte de las horas cotidianas de los habitantes retratados en la novela. Las andanzas del sacerdote serían llevadas a la pantalla, ya en 1951, por Robert Bresson.

En la pantalla, otra obra, más popular, quizá más conocida, la protagonizada por el personaje Don Camilo, y ambientada en la siempre animosa Italia, llenaría de humor y aún de más inocencia, las relaciones, que en el fondo eran cordiales, entre el sacerdote antedicho y el alcalde, comunista él, en la católica bota del Mare Nostrum. En ésta, la conclusión es que uno será ateo y el otro creyente, uno comunista y el otro católico, pero, a la hora de la verdad, ambos se complementan, y no sólo para dar título al proyecto y son aliados en las causas comunes.

Hoy, décadas después, suponíamos superados viejos prejuicios, suponíamos normalizadas las relaciones y suponíamos que nadie dudaba ya de haber conseguido la plena libertad en todos sus ámbitos y siempre respetado las de los demás. Pues no sé, igual si preguntamos a los pocos, desgraciadamente pocos, sacerdotes que nos van quedando en el medio rural, nos llevábamos las manos a la cabeza y nos teníamos que santiguar, no precisamente por devoción.

Hoy, nuestros curas rurales (es verdad que de esos pocos muchos son jóvenes, bien formados y con ganas de hacer  cosas y hacerlas bien) tienen que lidiar las mismas cuestiones que otros sectores de la población: la dispersión, la falta de habitantes, los problemas relacionados con la industria o la sanidad…

Sí, con todo eso y, en ocasiones, no con una hostilidad abierta o manifiesta peor sí con la lejanía de alcaldes temerosos no se sabe muy bien de qué, que hacen lo posible y lo imposible por que no se les relacione con la Iglesia, al menos, con la católica; que enmascaran fiestas, diluyen tradiciones, emborronan ideas y quieren marcar el paso a quienes humildemente intentan hacer el bien.

Y, curiosamente, esos problemillas, esa falta de normalidad democrática que se debería traducir en una perfecta armonía institucional, la sobrellevan los curas rurales a los que les ha caído en suerte no un alcalde socialista o comunista como el bueno de don Camilo, sino aquellos que ven en la Alcaldía a señores del castillo obsesionados por aparecer como de centro y cuya única idea para tal condición sería la de sacudirse el polvo del camino y decir eso de “quita, quita, que no me vean con el cura, no vayan a pensar que soy de ellos”.

Pues, qué quieren que les diga, si todo lo miran únicamente con la lupa electoral, igual hasta les venía bien acercarse a la iglesia, aunque sólo sea al edificio, si no a rezar, que es mucho suponer que sepan y para ello no hace falta salir de casa, al menos para que algunos de sus paisanos les crean de los suyos y se animen a echar la papeleta.

Que no digo yo, ni se me pasa por la imaginación, que ese sea un criterio para votar a unos u otros, que no, que no. Pero, puestos a su altura, rebajados a su pobre criterio, vamos a jugar todos en la misma liga.

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