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Publicado por Ángel Cuaresma

La polémica suscitada este verano que se resiste a agonizar en torno a la venta o, por mejor decir, prohibición de la venta, de leche cruda nos sitúa ante una vuelta de tuerca más de esos sectores, aparentemente modestos pero, en realidad, si no poderosos, sí muy pesados, que intentan imponer unos métodos de vida absurdamente conservadores y peligrosos cuando quienes los impulsan se declaran nada menos que progresistas.

No será difícil sostener la prohibición de este tipo de actividades pues los beneficios, supuestos, de la leche tal cual son escasos y sus riesgos, reales, son muchos. Pero, como digo, hoy es la leche pero ayer fueron las vacunas y mañana serán quién sabe qué productos con un mantra cansino (perdón por el pleonasmo) basado en que esto es natural, no tiene no se qué aditamentos químicos, no está tratado, no es industrial…

La réplica, como digo, no es difícil: no todo lo que está en la naturaleza es bueno, no toda la química (que no llevan, pero bueno) es mala, los tratamientos son necesarios y la industria es algo que aporta garantía a nuestros productos.

Uno de los argumentos recurrentes de estos colectivos conservadores (insisto, se llaman y actúan como progresistas) es el de la vuelta a los orígenes, a lo de toda la vida, a lo de siempre se ha hecho así, a eso de que antes no pasaba nada. Pues claro que pasaba, y mucho. Miren las estadísticas de morbilidad y mortalidad, comprueben los datos de esperanza de vida en el presente, recuerden las repentinas e inexplicables muertes hace décadas, muy especialmente en le mundo rural, y hallarán una respuesta, que no les convencerá, pero ahí está.

La leche cruda tiene sus riesgos, igual que el pescado sin congelar. La leche cruda es peligrosa, del mismo modo que no nos comemos la corteza de un árbol sino sus frutos y aquélla tiene su utilidad pero tratada.

Una segunda línea de defensa de los partidarios de este tipo de venta, que no son, por otra parte, los ganaderos, es la relación de la industria con los productores, de los precios, que consideran injustos. Puede, no lo negaremos. Pero el ganadero sabrá si prefiere fiar su negocio al albur de unas ventas al por menor, sometidas al azar de que el consumidor pueda comprar un día sí y muchos no, o acogerse a las garantías, por muy precarias que sean, de una industria o una cooperativa que te recoge la leche, te la analiza y te la paga, por mucho, repito, que una de las partes considere injusto el trato.

Y, finalmente, pensando en el consumidor, no se trata sólo de su salud, que es lo más importante; también hablamos de su comodidad, de la imposibilidad de comprar a diario una leche que hay que conservar en frío, que hay que cocer setenta veces siete y que puede que esté muy rica, sólo puede, pero es que la pasteurizada y la uperisada (sus diferencias dan para otros artículos) también son agradables al paladar y sus propiedades, con la tecnología moderna, son más que aceptables.

Utopías, las que se quieran pero, con la salud, jugar, lo justito.

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